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Políticas erráticas, individuos difíciles y decisiones fallidas

01 Jul

El Pais

VIRGINIA HERNÁNDEZ (Enviada especial a Oxford) y JAVIER NADALES
  • El porqué de la Gran Guerra ha sido una de las constantes entre los historiadores. Margaret MacMillan, de Oxford, y Christopher Clark, de Cambridge, analizan desde perspectivas opuestas las razones del conflicto. Lejos ya de Gavrilo Princip y el archiduque Francisco Fernando

Causas y culpables. La búsqueda de los dos elementos clave para el análisis de una contienda suele tender a una simplificación que la Historia termina superando. Durante mucho tiempo se apuntó a los disparos de Gavrilo Princip como la mecha que prendió la Primera Guerra Mundial. La pequeña pieza de dominó que cae, destroza equilibrios difíciles y precipita la catástrofe.

Los vencedores dejaron claro, además, que Alemania debía pagar por los nueve millones de muertos y el fin de la prosperidad que prometía el recién iniciado siglo XX. Castigo sumario para los culpables que terminaron de pagar hace bien poco. Artículo 231 del Tratado de Versalles (1919): «Los Gobiernos aliados y asociados declaran, y Alemania reconoce, que Alemania y sus aliados son responsables, por haberlos causado, de todos los daños y pérdidas sufridos por los Gobiernos aliados asociados y sus súbditos por consecuencia de la guerra que les fue impuesta por la agresión de Alemania y sus aliados».

Causas

Sumario

La historiadora Margaret MacMillan, autora del libro ‘1914’, en su despacho de la universidad de Oxford. M.V.

Las causas, entre otras, fueron el nacionalismo, la rivalidad económica, los miedos mutuos, el militarismo y una serie de crisis que crearon tensiones entre las potencias

Margaret MacMillan

Cien años después de aquel verano de 1914, los historiadores Margaret MacMillan (Toronto, 1943), bisnieta del que era entonces primer ministro británico, David Lloyd George, y Christopher Clark (Sydney, 1960), autores de los libros ‘1914. El camino hacia la guerra’ (Turner) y ‘Sonámbulos’ (Galaxia Gutemberg), coinciden en valorar, desde perspectivas muy diferentes, los prolegómenos de la guerra que cambió el mundo.

Para MacMillan, rectora del college St. Anthony de la Universidad de Oxford, se necesitarían muchas horas de discusión para aislar las principales causas de la Gran Guerra, aunque, en su opinión, podrían resumirse en «nacionalismo, rivalidad económica, luchas por el poder en las colonias, miedos mutuos, militarismo y una serie de crisis que crearon tensiones entre las potencias que hizo pensar a la gente que la guerra quizá era una posibilidad». A pesar del falso pacifismo reinante que hacía que los enfrentamientos, que seguían existiendo después de las guerras napoleónicas, se disputaran muy lejos del continente.

anapixel

Clark, profesor en Cambridge, apunta a que no hubo una única sucesión de hechos como se suele decir, sino «muchas sucesiones de hechos que convergieron» y que se encontraron con la existencia de múltiples potencias en Europa que sólo buscaban colmar sus propios intereses. Si era para conseguir sus fines, «todas estaban dispuestas a afrontar la guerra».

«Las guerras no surgen como una tormenta o como una erupción volcánica», continúa Clark sobre varios factores que parten de orígenes diferentes, pero que terminan por desembocar en el mismo río. En este caso, la declaración de guerra de Austria-Hungría a Serbia el 28 de julio de 1914 que derivó en cuatro años de batallas, muertes y penurias. «Son el resultado de unas decisiones que toman individuos y es muy interesante tratar de entender en qué clima psicológico y social se tomaron», asegura sobre las ‘cabezas pensantes’ de aquel periodo trascendental. El historiador señala el hecho chocante de que todos se conocieran tan bien, de que muchos fueran familia (no hay que olvidar que el rey inglés Jorge V, el káiser Guillermo II y el zar Alejandro II eran primos hermanos, todos nietos de la reina Victoria), y de que, algo tan humano, no se soportasen.

FAMILIA MAL AVENIDA

Sumario

Boda familiar en Coburgo en 1894. En primer plano se ve a la reina Victoria y, a su dcha., tres de sus nietos: Jorge, Guillermo y Alejandro. Ed. Turner

«Es como una obra de teatro deprimente de Pinter, en la que todo el mundo se conoce muy bien, pero se gusta muy poco. Todos tenían ya su fama y los cables diplomáticos estaban llenos de rumores sobre las personalidades, intentando establecer cómo actuaría cada uno»

Christopher Clark, historiador

«Es como una de esas obras de teatro deprimentes de Harold Pinter, en la que todo el mundo se conoce muy bien, pero se gusta muy poco», describe gráficamente Clark. «El pan nuestro de cada día en 1914 es que todos ellos tenían ya su fama y los cables diplomáticos estaban llenos de rumores sobre las personalidades, intentando establecer cómo actuaría cada uno, por qué y a quién escucharía». De ahí que Clark insista tanto en esas personalidades: «Son el ladrillo con el que se construyen las decisiones, la política de esa época estaba muy orientada hacia las personalidades de los líderes», subraya. «Yo utilizo en mi libro el término ‘sonámbulos’ porque creo que no valoraban las consecuencias de esas acciones. Se produce una desconexión. Lo que para ellos parecía razonable, acabó produciendo resultados irracionales».

Culpables

Sumario

Christopher Clark, autor de ‘Sonámbulos’, durante la entrevista en la Fundación Ramón Areces. J.N.


Siempre teníamos un estado sospechoso, Alemania, y luego se averiguaba cómo causaron la guerra. Pero yo quería llegar a cómo surgió la guerra y después preguntar cómo se distribuyen las responsabilidades

Christopher Clark

Un asunto que también aborda Margaret Macmillan. Había políticas estatales pero, por encima de ellas, había individuos que podrían haber parado la guerra o, como fue el caso, acelerarla. «Creo que Alemania, torpemente, comenzó una carrera naval contra Gran Bretaña, lo cual hizo que Gran Bretaña mirara hacia Francia y terminó ayudando a que Europa se dividiera en dos bandos. También estaba el imperio Austro-Húngaro determinado a sobrevivir y acabar con Serbia. Las figuras clave acercaban o alejaban a esos países hacia la guerra. Pero creo que debemos recordar que también había fuerzas orientadas hacia la paz. Y muchos pensaron que la paz duraría. Habían tenido ya un siglo relativamente tranquilo, por lo que para muchos europeos la guerra era algo casi inconcebible».

Clark prefiere plantearse su investigación desde el punto de vista de cómo surgió la guerra y dejar a los culpables para el final, un punto de vista que le ha granjeado críticas entre los sectores conservadores de Reino Unido. «Quería que los ‘quiénes’ aparecieran al preguntar ‘por qué’, y no al revés», aclara, que es según su parecer la manera en la que se han investigado los meses previos a ese fatal 1914 hasta ahora: «Teníamos un estado sospechoso, Alemania, que era más inquieto, quería asegurarse un futuro e incluso conseguir algún tipo de hegemonía, y luego se averiguaba cómo causaron la guerra. Pero yo quería llegar a cómo surgió la guerra y después preguntar cómo se distribuyen las responsabilidades», explica.

«Y cuando la gente me dice que estoy dejando a los alemanas salir indemnes, contesto que no es verdad. Sigo pensando que los alemanes tienen una parte sustancial de la responsabilidad, pero creo que la agresión, la paranoia que gobernó Berlín también se pueden encontrar en otros lugares como San Petersburgo, París o Viena», concluye sobre su tesis.

Debemos recordar que también había fuerzas orientadas hacia la paz. Habían tenido ya un siglo relativamente tranquilo, por lo que para muchos europeos la guerra era algo casi inconcebible. Margaret MacMillan

De manera similar a como ocurre hoy cada vez que se incendia un punto caliente, entonces se hablaba de guerra total —que algunos paradójicamente veían como una liberación— aunque la posibilidad parecía lejana. Como señalaba Clark, la sucesión de hechos se desencadenó y los equilibrios, tantas veces hipotecados por pactos secretos, se rompieron. Había que respetar el sistema de alianzas. Estalla la Gran Guerra que supuso un número enorme de consecuencias en el siglo XX y que sigue teniéndolas 100 años más tarde. «Ayudó a destruir la posición de Europa como una de las áreas que lideraba el mundo», afirma MacMillan, que añade cómo el viejo continente «perdió la fe en su propia civilización». «Los imperios europeos —continúa— empezaron a caer más rápido de lo que lo habrían hecho sin la guerra y se aceleró el ascenso de EEUU y el de Japón».

Sobre las lecciones de la Gran Guerra, Clark subraya la necesidad de nunca dejar de dialogar porque «siempre debe haber una solución política alcanzable» y menciona ejemplos como las últimas disputas entre Ucrania y Rusia sobre Crimea. «No debemos abandonar la conversación, aunque sea frustrante y lenta. Una de las características de la escena política de 1914 era esa falta de capacidad para ponerse en el lugar de los demás, casi de autismo, y eso es algo que hay que evitar a toda costa», apunta.

Porque una guerra global, según estos dos historiadores, sigue siendo posible. Del mismo modo que lo fue 1914, describen 2014 como una época de transición. MacMillan habla de paralelismos que pueden verse en los cambios repentinos, en la globalización, en el ascenso de movimientos reaccionarios como nacionalismos o en la explosión de ideologías revolucionarias. También señala cómo EEUU va perdiendo poder, «al mismo tiempo que otros están ascendiendo», como entonces le ocurría al poderosísimo Imperio Británico. «Todo es posible, pero espero que no ocurra una Tercera Guerra Mundial. Tenemos instituciones internacionales mucho más poderosas y hay más conciencia de los costes que tiene un guerra». Los cálculos que fallaron en aquel lejano 1914.

(*) Con la colaboración de Olalla Novoa (entrevista a Christopher Clark en Madrid) y Mario Viciosa (imágenes de Margaret MacMillan en su despacho de Oxford)

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Publicado por en 1 julio, 2014 en Claves

 

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