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25 de Agosto de 1914 – Destrucción de Lovaina

25 Ago

Milenio.com

Destrucción de Lovaina

  • Los soldados alemanes que aguardaban en Bélgica su avance hacia el sur en dirección a Francia parecían sedientos de guerra y sangre.

Guerra

Las llamas podían verse a kilómetros de distancia. En la oscuridad la confusión, el miedo y la incertidumbre se mezclaban con el humo que brotaba de los escombros carbonizados. Era el 25 de agosto de 1914 e, igual que Sodoma o Troya, las calles de la pequeña Lovaina ardían sin control.

Los soldados alemanes que aguardaban en Bélgica su avance hacia el sur en dirección a Francia parecían sedientos de guerra y sangre. Eran jóvenes que jamás habían peleado y que —como ocurrió— a la menor provocación estuvieron dispuestos a destruir todo lo que encontraban a su paso, incluyendo tesoros del arte y la cultura.

Aquella noche, además de utilizar cañones, el ejército alemán empleó unidades especializadas en el uso de químicos que se dedicaron a escupir fuego a través de los lanzallamas que por primera vez cargaban en sus espaldas. Llamas en forma de serpiente entraron por igual a iglesias, oficinas, casas, edificios públicos y a las instalaciones de la ya para entonces famosa universidad católica de la ciudad.

Cientos de personas huyeron de Lovaina. Se dirigieron a Bruselas, la capital, y a pueblos vecinos por el temor a ser apresados o quemados vivos dentro de sus propiedades. No obstante, muchos de ellos no pudieron escapar y durante las siguientes horas y días fueron expulsados de sus hogares para ser asesinados, entre ellos el alcalde, el rector de la universidad y varios oficiales de policía.

En la noche de Lovaina y los días que le sucedieron, mil 100 casas, de las 9 mil que por entonces había en la ciudad, fueron destruidas. Además murieron unas 250 personas de una población de cerca de diez mil, mientras que mil 500 más fueron enviadas por tren hasta Alemania, donde se les recibió con burlas e insultos.

Un profesor de la universidad se entrevistó con el embajador de Estados Unidos en Bélgica en horas posteriores, y le dijo: “El centro de la ciudad es un montón de ruinas humeantes. Por todas partes hay un silencio opresivo. Han huido todos; por las ventanas de los sótanos asoman rostros aterrorizados”.

Aquel ataque espantoso a la otrora pequeña, hermosa y civilizada ciudad de Lovaina, que por azares del destino quedaba en ruta de la invasión alemana a Francia, quedaría como una estampa del horror que se avecinaba para los siguientes años tras el inicio de la Primera Guerra Mundial.

***

“Lovaina no es una ciudad con universidad, es una universidad con ciudad”, dice Mark Derez, un destacado profesor especializado en historia moderna quien accedió a ser guía de los lugares emblemáticos de esta pequeña urbe de menos de cien mil habitantes.

En la parte más alta de la torre de lo que hoy es la biblioteca de la universidad católica, Derez asegura que, desde la fundación de esta casa de estudios en 1425, la ciudad ha sido un oasis de conocimiento no solo para Europa sino para el resto del mundo civilizado: “A principios del siglo XVI pasaron por aquí figuras tan importantes como Erasmo de Rotterdam y Santo Tomás Moro, quien publicó aquí su famosa Utopía”.

Desde este punto se domina toda la ciudad. No es difícil imaginar cómo por su ubicación en los límites de la región de Flandes —que justo termina donde inicia la zona de colinas de Valonia— Lovaina se convirtió en uno de los principales pasos de las tropas alemanas que se dirigían al sur, apenas unas semanas después de que diera inicio el enfrentamiento entre la alianza que formaron Francia, Reino Unido y Rusia en contra de Alemania y el imperio austrohúngaro (28 de julio de 1914).

Al bajar la hermosa escalera de fierro que conduce a lo alto de la torre, Mark Derez cuenta que unos días antes de que la ciudad ardiera, el ejército alemán decidió estacionarse aquí momentáneamente, con la idea de que Bélgica le permitiera un avance sin mayor complicación gracias a la neutralidad que había declarado. Sin embargo, la suposición del ejército de Guillermo II se encontró con la resistencia del gobierno belga y algunos civiles que se levantaron en armas.

“Los alemanes llegaron a Lovaina el 19 de agosto de 1914. Los primeros días todo estuvo en una calma relativa”, dice Derez mientras atravesamos la plaza monseñor Paulin Ladeuze, donde fue reconstruida la biblioteca universitaria gracias a los donativos que hizo Estados Unidos después de la guerra y que en su fachada conserva un grabado de aquel histórico incendio.

“No obstante, el 25 de agosto las tropas alemanas que se encontraban en la ciudad de Amberes (ubicada a 50 kilómetros al norte) llegaron en retirada tras un contraataque del ejército belga”, cuenta el profesor al tiempo que señala el sitio donde se encontraba el hospital universitario, que más tarde se convertiría en la Escuela de Derecho. “Justo ese mismo día también se propagó el rumor de que venían los británicos”.

Antes de caer el sol, aquel 25 de agosto la ciudad se llenó de confusión y terror a causa de los rumores de una rebelión del pueblo belga. Ya para las ocho de la noche, entre los callejones que unen los diferentes colegios, los primeros disparos se dejaron escuchar. “Probablemente fueron de soldados alemanes nerviosos y quizá ebrios”, dice Derez mientras atravesamos el majestuoso Trinity College y llegamos a la puerta del Lakenhal o Lonja de los Paños, la entrada a la vieja biblioteca, la cual tendría un trágico final.

La universidad de Lovaina no contó con una biblioteca por más de dos siglos. Los humanistas del Renacimiento que asistían a esta institución, decían que los profesores eran bibliotecas vivientes y, al mismo tiempo, consideraban que los libros que escribían eran un tesoro académico en construcción.

Por aquellos años, alumnos y maestros solían visitar las librerías o bibliotecas personales de algunos monjes que prevalecían en la ciudad. Más tarde, cada colegio lograría acumular sus propias colecciones, y muchos de ellos las convirtieron en bibliotecas. Una de ellas fue la de la Facultad de Artes, cuyo reglamento data de 1466 y que aún mantiene las prohibiciones de entrar con una vela encendida o de llevarse libros prestados.

En el umbral del siglo XVII, una vez que ciertos colegios formaron magníficos acervos, la exigencia de establecer una biblioteca central para impulsar la investigación se hizo más urgente. Diferentes académicos progresistas señalaron que una universidad sin biblioteca era como una mesa sin platos, como un jardín sin flores, como un monedero sin dinero, como un castillo sin arsenal.

Así, en 1627, Laurent Beyerlinck, un ex alumno de la universidad y canónigo de la catedral de Amberes, decidió donar su biblioteca personal que constaba de 852 volúmenes, ricos en historia y teología. Esta herencia, según Theodore Wesley Koch en un artículo de 1917 titulado “La universidad de Lovaina y su biblioteca”, constituiría la colección fundacional que siglos más tarde lograría alcanzar la suma de 250 o 300 mil títulos.

“Si bien la biblioteca no era la mejor de Europa, sí llegó a poseer magníficos ejemplares teológicos como la preciosa colección de 350 incunabula y una majestuosa serie de ediciones de Biblia”, dice Mark Derez mientras ascendemos por las escaleras de mármol de lo que fuera el edificio de la Biblioteca Central hasta 1914.

Al abrir las maravillosas puertas de caoba, una hermosísima sala de eventos especiales se mira en lo que fuera la sala principal de la biblioteca que en sus estantes contó, además, con una riquísima colección jesuítica, la cual había sido cuidadosamente catalogada en el siglo XVIII y que aquella noche del 25 de agosto de 1914 ardería en llamas.

Historias de cómo ardió la biblioteca hay muchas. Pero, según Derez, la que más se aproxima a la verdad es la que contó un desdichado monje josefino.

Eran pasadas las 23:00 horas cuando se estrelló uno de los cristales de las ventanas que miran hacia la plaza del viejo mercado. En segundos, el interior del edificio que albergaba a la biblioteca fue rociado con un químico por un grupo de soldados alemanes.

Las llamas se alzaron velozmente sin que nadie, incluyendo el velador, hiciera algo por extinguir aquel fuego que consumía siglos de conocimiento, quizá debido a la locura y confusión que se apoderaron de la ciudad aquella noche.

¿Cómo era posible que los soldados alemanes incendiaran aquel lugar que solo albergaba libros y conocimiento? Mientras mira las butacas de terciopelo carmesí que ahora ocupan el salón, Derez recuerda que antes de que los soldados esparcieran el combustible, el monje josefino, que era profesor de una secundaria contigua a la biblioteca, intentó persuadir a los germanos, argumentando que iban a acabar con un tesoro. No obstante, dice Mark Derez, “los soldados del Káiser solo atinaron a decir: ‘Es ist Befehl!’ (¡Es una orden!)”.

Días antes del incendio, un buen número de volúmenes de una librería jesuita cercana a la biblioteca habían sido removidos de sus estantes y enviados a la estación de tren para su resguardo. Los habitantes pensaron que aquellos libros pertenecían a la biblioteca universitaria.

“Posiblemente los alemanes, que también advirtieron el desplazamiento, pensaron que el tesoro del que hablaba el monje josefino no se trataba de los libros sino de gente oculta en el edificio”, comenta Derez.

Los grandes volúmenes teológicos, los manuscritos y las colecciones clásicas desaparecieron aquella noche de la biblioteca que los alemanes mantuvieron a puerta cerrada.

***

“La conflagración se extendió por varios días”, comenta el profesor Derez al tiempo en que nos adentramos en la Gran Plaza de la ciudad. “Esto causó la destrucción, también, de la hermosa Iglesia de San Pedro”. Este inmueble, ahora pulcramente reconstruido, data del siglo XV y es considerado uno de los tres Templos Magistrales del mundo, lo que significa que todos sus canónigos deben ser doctores en teología.

La Iglesia de San Pedro se ubica justo al lado del ornamentado Ayuntamiento, un maravilloso edificio estilo gótico tardío construido entre 1448 y 1469, y el único que los alemanes respetaron debido a que ahí instalaron su comandancia. Se cree que del Ayuntamiento salió la orden de incendiar la ciudad.

Al caminar con Mark Derez por la metrópoli de hermosas calles, colegios y plazas es difícil imaginar cómo fue el amanecer de aquellos días de la Gran Guerra que al finalizar, en 1918, cobró la vida de más de nueve millones de personas y dejó quince millones de heridos. No obstante, este año se han instalado una serie de fotografías de gran formato en los sitios emblemáticos de la ciudad, a manera de recuerdo de la noche incendiaria de Lovaina.

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Publicado por en 25 agosto, 2014 en 1914

 

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