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Archivos diarios: 28 octubre, 2014

Juicio de Sarajevo – Sentencia: 28 de Octubre de 1914


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Las autoridades austrohúngaras capturaron y procesaron a los conspiradores de Sarajevo, así como a los agentes y los campesinos que ayudaron a ejecutar los planes. La principal acusación era conspiración para alta traición con relación a los círculos oficiales del Reino de Serbia, cuya pena era la muerte. El juicio se celebró entre el 12 y el 23 de octubre y el veredicto fue dictado el 28 de octubre de 1914.

Gavrilo Princip (en círculo), junto a otros acusados, siendo custodiados durante el Juicio que se le realizo en Sarajevo

Los reos adultos, que podían ser condenados a pena de muerte, se presentaron en el juicio como participantes involuntarios de la conspiración. La declaración de Veljko Cubrilović (agente de la Narodna Odbrana, que ayudó a coordinar el transporte de armas) es ilustrativa de esa táctica de defensa. Este declaró al tribunal: «Princip se me encaró y me dijo enérgicamente: “Si lo quieres saber, esa es la razón por la que vamos a realizar el asesinato del heredero, y ya que lo sabemos, debes mantenerlo en secreto. Si nos traicionas, tú y tu familia seréis asesinados”». Interrogado por su abogado, Cubrilović describió con detalle los motivos que le obligaron a cooperar con Princip y Grabež. Explicó que una organización revolucionaria, capaz de cometer grandes atrocidades, estaba detrás de Princip, que este conocía la existencia de esa organización en Serbia y que, por ello, temía que destruyeran su casa y que mataran a su familia si no hacía lo que querían. Cuando le preguntaron sobre por qué se arriesgó a ser castigado por la ley en vez de contar con su protección ante tales amenazas, respondió: «Tenía más miedo al terror que a la ley».

Para rechazar esta acusación, los conspiradores de Belgrado —que, debido a su corta edad, no podían ser condenados a pena de muerte— intentaron salvar a los órganos oficiales serbios modificando sus declaraciones y asumiendo toda la culpa de la conspiración. Princip declaró: «Soy un nacionalista yugoslavo y creo en la unificación de todos los eslavos meridionales bajo cualquier forma de Estado libre de Austria». Interrogado sobre cómo pretendía realizar ese objetivo, respondió: «Por medio del terror». Cabrinović, sin embargo, declaró que las convicciones políticas que lo motivaron a matar a Francisco Fernando eran las mismas defendidas en medios serbios. El tribunal no creyó en las historias de los reos, alegando que pretendían eximir a Serbia de la culpa. El veredicto fue: «El tribunal considera probado por las pruebas que tanto la Narodna Odbrana como ciertos círculos militares del Reino de Serbia responsables de los servicios de espionaje, colaboraron con la conspiración».

Según la ley austrohúngara, los detenidos con edad inferior a 20 años en el momento del delito podían ser condenados a una pena máxima de 20 años de cárcel. A pesar de que hubo dudas sobre la edad real de Princip, el tribunal determinó que tenía menos de 20 años en el momento del asesinato. Como Bosnia y Herzegovina no pertenecían formalmente al Imperio austrohúngaro, el gobernador bosnio —y ministro de Finanzas austriaco— Leon Biliński pidió clemencia a Francisco José I para los condenados a muerte. El emperador atendió a dos de las peticiones. Las sentencias fueron las siguientes:

Nombre Sentencia
Gavrilo Princip 20 años de cárcel.
Nedjelko Čabrinović 20 años de cárcel.
Trifko Trifun Grabež 20 años de cárcel.
Vaso Čubrilović 16 años de cárcel.
Cvjetko Popović 13 años de cárcel.
Lazar Djukić 10 años de cárcel.
Danilo Ilić Muerte por ahorcamiento (ejecutado el 3 de febrero de 1915).
Veljko Čubrilović Muerte por ahorcamiento (ejecutado el 3 de febrero de 1915).
Nedjo Kerović Muerte por ahorcamiento, conmutada por 20 años de cárcel por el emperador Francisco José I.
Mihaijlo Jovanović Muerte por ahorcamiento (ejecutado el 3 de febrero de 1915).
Jakov Milović Muerte por ahorcamiento, conmutada por 20 años de cárcel por el emperador Francisco José I.
Mitar Kerović Cadena perpetua.
Ivo Kranjcević 10 años de cárcel.
Branko Zagorac 3 años de cárcel.
Marko Perin 3 años de cárcel.
Cvijan Stjepanović 7 años de cárcel.
Otros 9 detenidos Absueltos.

Durante el juicio, Čabrinović expresó su arrepentimiento por los asesinatos. Tras la condena, recibió una carta de perdón de los tres huérfanos de Francisco Fernando y Sofía. Čabrinović y Princip murieron de tuberculosis en la cárcel.

 
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Publicado por en 28 octubre, 2014 en Claves

 

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La guerra en el aire – imagenes


Aunque se habían usado antes, la Primera Guerra Mundial fue el conflicto que consagró las aeronaves (aviones y dirigibles) como armas de guerra. Las aeronaves, en su mayoría de tela y madera para ahorrar peso, se enfrentaban entre sí armados con ametralladoras. Gracias al trabajo del holandés Anton Fokker, que trabajaba al servicio de los alemanes, desde 1915 estas pudieron disparar entre las hélices. Había surgido el caza. EUROPEANA (CC BY-SA 3.0)
 

Pronto surgieron en ambos bandos las figuras de los ases del aire, que recibían ese título tras de derribar cinco aviones enemigos o más. Esto despertó tensiones entre el ejército de tierra y las incipientes fuerzas aéreas. Los ases, caballerescos e individualistas, se llevaban la atención de la opinión pública mientras que los demás se arrastraban y ahogaban en el fango de las trincheras. EUROPEANA (CC BY-SA 3.0)
El piloto alemán Werner Dittman, que llegó a ser oficial a cargo del registro del escuadrón de cazas número 13 de la aviación prusiana. El escuadrón 13 derribó 108 aviones en sus dos años de actividad en el norte de Francia. Tras Dittman, un bimotor Fokker D.VII. EUROPEANA (CC-BY-SA 3.0)

Paradójicamente, la medalla más preciada por un as de la aviación alemán tenía nombre francés. La condecoración Pour le mérite (por el mérito), el mayor honor militar del Reino de Prusia, recibió el apodo de Blauer Max (Max Azul) tras ser otorgada al as Max Immelmann, el primer aviador en recibirla. En esta imagen del escuadrón 13 tras su desmovilización en 1918, tres aviadores portan orgullosos sus Max Azules colgadas del cuello. EUROPEANA (CC-BY-SA 3.0)

El piloto Josef Glasbrenner en la escuela de aviación de Schleissheim, cerca de Múnich (Alemania). EUROPEANA (CC-BY-SA 3.0)

El uso de globos y dirigibles también se extendió durante la guerra. La mayoría se utilizaba con propósitos de observación, tanto aérea como meteorológica, pero, a partir de 1917, se empleó el dirigible para bombardear ciudades como Londres. EUROPEANA (CC-BY-SA 3.0)

La Primera Guerra Mundial vio el contraste entre tecnologías militares que desaparecían -como la caballería- y otras que surgían – como la aviación. EUROPEANA (CC-BY-SA 3.0)

En la guerra en el aire de los ases, un avión derribado era un triunfo a ser celebrado de forma aparatosa. EUROPEANA (CC-BY-SA 3.0)

Varios marineros sacan del agua un hidroavión austro-húngaro.EUROPEANA (CC-BY-SA 3.0)

Joseph Antoine Callet fue el fotógrafo de la llamada escuadrilla de las cigüeñas, cuna de la mayoría de los ases franceses de la I Guerra Mundial, como Charles Nungesser y Georges Guynemer. Una foto de un Breguet XIV, de su colección. EUROPEANA (CC-BY-SA 3.0)

En la batalla de Verdún, los ases franceses tuvieron un rol primario en el desarrollo del combate. Su victoria sobre los alemanes permitió a los aviones galos dedicarse a su rol de reconocimiento aéreo, imprescindible para descubrir los puntos débiles del adversario.EUROPEANA (CC-BY-SA 3.0)

 

 
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Publicado por en 28 octubre, 2014 en Armamento

 

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Marie Christine Barrault y el oculto lado femenino de la Primera Guerra Mundial


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  • La actriz de Rohmer y Woody Allen estará el 3 y 4 de noviembre en el Centro CA 660 de CorpArtes.

“Te amamos querido soldado conocido o desconocido, ¡nuestro defensor! Te sentimos un poco como nuestro hijo, nuestro hermano. Y al mismo tiempo, te admiramos, te confundimos con el respeto y el fervor que tenemos por nuestra bandera, por la patria”. Así comienza la carta que Yvonne Pitrois, una amateur escritora sorda francesa, publicaba en su propio periódico en plena Primera Guerra, bajo el título Carta de una francesa a nuestros soldados. Con este texto comienza también el espectáculo Mujer en guerra, que llega a Chile como parte de las conmemoraciones de los 100 años de la Primera Guerra Mundial.

En escena, el pianista Hugues Leclère y la reconocida actriz Marie Christine Barraultm a través de la lectura dramatizada de diferentes textos poéticos o históricos, va desvelando el papel de la mujer en el conflicto: “En la selección de textos que hicimos hay de todo. Mujeres muy nacionalistas, que animaban a los soldados y que me parecen un poco ridículas. Pero también recogimos la voz de las mujeres que sufrieron, que no tendrán más hombres en su vida, que perdieron a sus padres, sus hermanos, sus futuros maridos. En fin, estamos acostumbrados a oír la versión masculina de la guerra, de los hombres que sufrieron tanto en las trincheras en una guerra que fue horrible. Pero el conflicto marcó también un gran cambio en la vida de las mujeres”.

Así es como al discurso más conservador de una desconocida Yvone Pitrois, Barrault y Leclère contraponen la visión más crítica y pesimista de una consagrada Colette, que en el periódico satírico La Bayoneta publicaba una especie de apología a las madres, víctimas también de la guerra, titulada “A las mamás”. “¿Qué mamá?” -se pregunta Colette-. “No podemos olvidar a ninguna. Porque desde el inicio de la guerra todas tienen cada una más grande que la otra el corazón, la esperanza, el don y el dolor”.

Barrault reconoce que la Primera Guerra marcó también un momento de emancipación social de la mujer, que accedió a actividades que le estaban vedadas hasta ese momento, como el trabajo en las industrias de armas o textil, obligando incluso al gobierno a fijar un sueldo mínimo en 1915, lo que queda reflejado además en el espectáculo: “Las mujeres hasta la guerra estuvieron en una especie de servidumbre. Amaban, admiraban, pero como sirvientas: el hombre decidía todo. Y de un momento a otro, en cuatro años, se volvieron agricultoras, responsables de su granjas, comerciantes. Tomaron el lugar de los hombres”.

Los textos de Clara Malraux son a juicio de la actriz los que mejor grafican este cambio de situación: “Malraux lo explica muy bien. Estaba a punto de comprometerse con un oficial con el que se aburría mucho y tuvo la valentía de romper el compromiso y se dio cuenta de que a partir de ese momento su vida le pertenecía. Y de hecho, eso trajo luego problemas cuando los hombres volvieron de la guerra encontraron que las mujeres habían ocupado su sitio y no estaban dispuestas a devolverlo”, destaca Barrault.

La pieza no sólo incluye textos de mujeres, sino que da un espacio a la arenga populista de René Viviani, presidente del Consejo de Ministros en 1914, llamando a las mujeres a reemplazar a los hombres en el trabajo por el bien de la patria. Y otro para Antígonas eternas del Nobel de literatura 1915, Romain Rolland, reconocido pacifista que se refugió en Suiza durante el conflicto.

Todos estos escritos van acompañados por el piano de Leclère que se pasea por  las composiciones de Cécile Chaminade, Mel Bonis, Lili Boulanger, Claude Debussy y Erik Satie, intentando hacer un dúo con las palabras recitadas por Barrault, conocida como “la más melómana de las actrices francesas”.

Rohmer y Woody Allen

La experimentada actriz que visitará Chile está lejos ya de aquélla Marie Christine Barrault que se estrenaba en el cine en 1969 bajo la dirección de un joven Eric Rohmer en uno de sus primeros éxitos, Mi noche en casa de Maud. Tras esa experiencia, Barrault participaría en Cousin, cousine, que le traería una nominación al Oscar como mejor actriz. Y como pasa también hoy, la notoriedad del Oscar haría que un joven Woody Allen la invitara a participar en Stardust memories en 1980, donde hizo de una joven casada de la que Allen, un cineasta en plena crisis existencial, se enamora perdidamente: “Fue una experiencia emocionante grabar con él, durante varios meses en Nueva York. Nos entendimos muy bien en el rodaje, pero yo me sentía como una turista en su película”.

 
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Publicado por en 28 octubre, 2014 en Noticias relacionadas

 

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Los paisajes de la Primera Guerra Mundial, 100 años después


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Las cicatrices de una batalla nunca desaparecen del todo. Incluso conflictos tan antiguos como la Primera Guerra Mundial siguen mostrando su huella en los hombres y los paisajes. El fotógrafo irlandés Michael St. Maur Sheil ha recorrido Europa retratando las heridas de la tierra cien años después de aquel infierno de trincheras.

Las imágenes se tomaron en diferentes localizaciones en las que se desarrollaron algunas de las batallas más sangrientas de la Primera Guerra Mundial. En algunos casos, las marcas de las trincheras y los cráteres de las bombas son aún perfectamente visibles.

En otros la naturaleza se ha encargado de borrar las huellas físicas, pero el saber que miles de personas murieron horriblemente en esa zona da a los paisajes un halo de tristeza especial. A continuación os ofrecemos una selección de estas fotografías. [Michael St. Maur Sheil vía Smithsonian]

Fotos: Michael St. Maur Sheil, publicadas con el permiso expreso del artista

Batalla del Somme, norte de Francia

Los paisajes de la Primera Guerra Mundial, 100 años después

Trincheras e impactos de artillería son aún perfectamente visibles en los verdes campos de Somme donde perdieron la vida más de un millón de personas de ambos bandos.

Batalla de Messines, Bélgica

Los paisajes de la Primera Guerra Mundial, 100 años después

Hoy es un campo de cultivo. En junio de 1917, 50.000 soldados murieron víctimas de las minas y el fuego enemigo.

Batalla de Verdún, Francia

Los paisajes de la Primera Guerra Mundial, 100 años después

Durante 11 meses, tropas alemanas y francesas se debatieron aquí sin que ningún bando obtuviera una victoria significativa. Es uno de los paisajes más torturados de la contienda.

El balón en Tierra de Nadie, Francia

Los paisajes de la Primera Guerra Mundial, 100 años después

Un regimiento inglés e hizo famoso en este lugar cerca durante la batalla de Loos. Los británicos chutaron un balón de fútbol a la trinchera alemana y después cargaron contra ella.

Camino de las Damas, Francia

Los paisajes de la Primera Guerra Mundial, 100 años después

Aquí se desarrollaron tres batallas llamadas Batalla de Aisme. En la segunda murieron 271.000 soldados franceses y 163.000 alemanes. Supuso la destitución del general Robert Nivelle.

Crater de Lochnagar, Francia

Los paisajes de la Primera Guerra Mundial, 100 años después

El primer día de la batalla de Somme, los británicos hicieron explotar 24 toneladas de amonal bajo los alemanes. Se dice que la detonación se oyó en Londres. El cráter de 20 metros aún perdura.

Restos de Butte de Vaquois, Francia

Los paisajes de la Primera Guerra Mundial, 100 años después

Ambos bandos dinamitaron las minas de esta aldea estratégica haciendo volar todo el pueblo. Hoy solo quedan cráteres

Batallas del río Isonzo, Italia

Los paisajes de la Primera Guerra Mundial, 100 años después

Medio millón de hombres perecieron en ambas márgenes de este río a lo largo de 12 batallas entre fuerzas italianas y del imperio austro-húngaro.

Batalla de Belleau Wood, Francia

Los paisajes de la Primera Guerra Mundial, 100 años después

Estos preciosos campos y bosques acogieron la mayor intervención de soldados estadounidenses durante la Primera Guerra Mundial.

Gallipoli, Turquía

Los paisajes de la Primera Guerra Mundial, 100 años después

Desde esta playa, numerada como la quinta de la invasión de Gallipoli, se puede ver el castillo de Sedd el Bahr Kale. Tropas aliadas trataron de tomar esta pen´insula sin éxito durante casi un año. Winston Churchill perdió aquí su cargo de Primer Lord del almirantazgo.

Lagos de Massuria, al este de la antigua Prusia (Polonia)

Los paisajes de la Primera Guerra Mundial, 100 años después

Los alemanes rechazaron en esta zona la primeras ofensiva de Rusia. La derrota desactivó el frente ruso y prolongó el conflicto en el resto de Europa.
 
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Publicado por en 28 octubre, 2014 en Imagenes

 

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16 libros imprescindibles para entender la I Guerra Mundial


El Pais

  • La Gran Guerra impulsó los primeros ‘best-sellers’ globales y también obras maestras del pacifismo. Incluso antes del final del conflicto empezaron a aparecer novelas, aunque el tema se ha mantenido vivo durante un siglo
  • Dieciséis libros que permiten entender lo que ocurrió durante la I Guerra Mundial. 

Los cuatro jinetes del Apocalipsis
Vicente Blasco Ibáñez (1916)

Con permiso de las grandes novelas de Charles Dickens, Los cuatro jinetes del Apocalipsis fue uno de los primeros best sellers mundiales, una obra que alcanzó rápidamente una importancia planetaria: fue publicada en castellano en 1916, traducida en Estados Unidos en 1918 y llevada al cine en 1921, con Rodolfo Valentino como protagonista. Con la historia de dos familias relacionadas entre sí que luchan en bandos diferentes durante el conflicto, publicada en plena guerra, el valenciano Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928) logró tocar una fibra global. La mezcla de relato familiar con la descripción de la Europa devastada por la guerra, el compromiso a favor de los aliados, sin ocultar la bestialidad del conflicto, atrajeron a millones de lectores. “Tumbas… tumbas por todas partes. Las blancas langostas de la muerte cubrían el paisaje”, escribe en una de sus muchas descripciones de escenarios bélicos. Literatura de otros tiempos sin los cuales es imposible entender los nuestros.

El retorno del soldado
Rebecca West (1918)

Si hay un libro que retrata cómo la guerra alcanza también a aquellos que no la han vivido, ese es sin duda El retorno del soldado, la primera novela de la británica Rebecca West (1892-1983), una de las escritoras más importantes del siglo pasado. West es también autora de una obra maestra de la literatura de viajes, Cordero negro, halcón gris, que a través de un recorrido por los Balcanes permite comprender muchas claves de la historia europea. “Nunca seré capaz de entender cómo ocurrió”, dice, desde Sarajevo, sobre el estallido de la guerra. El retorno del soldado (Herce, en traducción de Laura Vidal) relata la historia del regreso a casa de un militar que resultó herido en el frente. Existe un abismo entre lo que él ha vivido en Flandes y la percepción que tiene su familia de lo ocurrido durante la I Guerra Mundial. La autora todavía cree en el futuro y en que el trauma bélico puede tener curación a través del psicoanálisis.

Tempestades de acero
Ernst Jünger (1920)

El relato autobiográfico del narrador y filósofo alemán Ernst Jünger (1895-1998) es la antítesis de libros como El miedo o Sin novedad en el frente. Se puede decir que casi desde los tiempos de la épica griega no se había escrito un elogio tan contundente de la guerra: su biógrafo francés Julien Hervier habla incluso del “sentimiento lúdico de la guerra” en Jünger. Se puede (incluso se debería) no estar de acuerdo con la visión que ofrece del conflicto, pero hay algo en las páginas de Tempestades de acero (Tusquets, en una traducción de Andrés Sánchez Pascual) que nos engancha. Se trata de una obra que mezcla el heroísmo con la violencia atroz, ya que en ningún momento Jünger trata de ocultar lo que la guerra produce. Este libro logró sobrevivir a una marca tan siniestra como los elogios que le lanzaron los jerarcas nazis para convertirse en una obra apasionante e inclasificable.

París bombardeado
Azorín (1921)

Esta recopilación de las crónicas que Azorín (1873-1967) escribió desde París en 1918 para el diario Abc no es seguramente uno de los libros más importantes escritos sobre la I Guerra Mundial. Sin embargo, merece estar en esta lista. Refleja la visión española de un conflicto del que nuestro país se sentía ajeno —nadie podía prever hasta qué punto le alcanzarían sus consecuencias—; pero es también un magnífico relato de una de las principales características que aportó esta guerra a la infamia universal: los primeros bombardeos contra civiles desde el aire. El relato que hace el escritor de la generación del 98 de las avenidas vacías de París, de los apagones a medianoche ante la llegada de los zepelines, del terror de los bombardeos y de los refugios refleja lo que se avecinaba sobre Europa. Con sus frases cortas, cargadas a veces de ironía y otras de emoción, Azorín describe París con precisión y a la vez anticipa el resto del siglo XX.

El buen soldado Svejk
Jaroslav Hasek (1922)

A veces uno se pregunta si hay otra forma de contar la I Guerra Mundial que no sea a través de la parodia, porque incluso el drama más tremendo se queda corto para describir lo que ocurrió en Europa entre 1914 y 1918. Las aventuras del buen soldado Svejk (Galaxia Gutenberg, en una gran traducción de Monika Zgustova) es una obra de ficción imprescindible sobre este conflicto por su ambición, por su volumen, pero también por su capacidad inmensa de ironía y sátira en la mejor tradición de Rabelais o Cervantes. Jaroslav Hasek (1883-1923) es considerado el gran narrador checo junto a Kafka, aunque, a diferencia del autor de La metamorfosis, escribió en su lengua materna, no en alemán. Como escribe la traductora en el prólogo de la edición española, “Svejk ridiculiza todas las instituciones ante las que comparece: las de la justicia, las militares, las políticas, las religiosas y las de salud”.

Los siete pilares de la sabiduría
T. E. Lawrence (1922)

Resulta casi imposible separar en nuestra imaginación la monumental obra autobiográfica de T. E. Lawrence (1888-1935) —casi mil páginas en su edición española— de la película de David Lean Lawrence de Arabia. Este libro, a la vez relato de viajes por los desiertos de Oriente Próximo, crónica histórica y recorrido iniciático, es considerado también uno de los grandes manuales militares de la técnica de las guerrillas (volvió a hablarse mucho de él, por ejemplo, cuando estalló la insurgencia en Irak). Lawrence fue el oficial encargado de unir a las tribus árabes en su lucha contra el imperio otomano durante la IGM. Sin embargo, perdió en el terreno diplomático con el tratado Sykes-Picot y vio cómo eran traicionadas las promesas que les hizo a sus aliados árabes, que nunca llegaron a cumplirse. Es un libro apasionante, aunque excesivo como el propio Lawrence, cuya importancia es todavía fundamental para comprender lo que ocurre en la región.

Adiós a todo esto
Robert Graves (1929)

Las memorias del autor de Yo, Claudio simbolizan la historia de toda una generación de jóvenes británicos que acabó cercenada en la I Guerra Mundial. El título refleja el sentimiento de fin de época que significó el conflicto para todos aquellos que sobrevivieron, la ruptura con la confianza ciega en el futuro. Robert Graves (1895-1985), que también fue uno de los grandes poetas de las trincheras, combatió en la batalla del Somme. “Ni siquiera la promesa de una ración extra de ron logró levantar los ánimos del batallón. No había nadie que no estuviera de acuerdo en que aquel ataque era inútil, imbécil e irrealizable”, escribe sobre el mayor desastre de la historia militar británica, una ofensiva que costó la vida a 20.000 militares solo en la jornada del 1 de julio de 1916. De hecho, resultó herido de gravedad unos días más tarde. La estupenda versión castellana, publicada por Edhasa, es obra del escritor mexicano Sergio Pitol.

Sin novedad en el frente
Erich Maria Remarque (1929)

Esta novela fue publicada en 1929 en Alemania, cuando el mundo se enfrentaba a la Gran Depresión. Era también el momento en que el nazismo comenzaba a hacerse cada vez más fuerte. Sin novedad en el frente, que fue un éxito inmediato, es una de las novelas antibelicistas más influyentes de todos los tiempos, un relato de cómo la guerra destruye a los hombres, incluso a aquellos que sobreviven. Su primera adaptación cinematográfica, de Lewis Milestone, ganó sólo un año más tarde el Oscar a la mejor película y mejor director. Naturalmente, fue una de las obras quemadas en público por los nazis desde 1933. El libro de Erich Maria Remarque (1898-1970), que se inspiró en sus propias experiencias como soldado, nunca ha cesado de ser reeditado y leído como uno de los grandes testimonios de la lucidez y la inteligencia frente a la irracionalidad de la guerra y la fuerza devastadora del patriotismo mal entendido.

Adiós a las armas
Ernest Hemingway (1929)

El premio Nobel Ernest Hemingway (1899-1961) fue un joven que condujo ambulancias durante la I Guerra Mundial, uno de los trabajos más peligrosos, ya que había que ir y volver constantemente del frente a merced de la artillería; resultó herido y vivió una historia de amor con una enfermera en Italia, un idilio que acabó mal aunque por motivos muy diferentes a los que describe en el libro. Así nació su segunda novela, después de Fiesta. Fue otra obra sobre la guerra que tuvo inmediatamente un gigantesco éxito y que fue llevada al cine al poco tiempo. Sigue siendo uno de sus libros más célebres. Otro miembro de la generación perdida, John Dos Passos, narró sus experiencias bélicas en la novela Iniciación de un hombre: 1917, de la que acaban de publicarse dos ediciones en castellano, en Gallo Nero y Errata Naturae. Las obras de Hemingway, Dos Passos o Scott Fitzgerald reflejan la inmensa huella que dejó el conflicto.

El miedo
Gabriel Chevallier (1930)

Uno de los grandes efectos de la I Guerra Mundial fue que, en medio del horror de las trincheras, nació el pacifismo, aunque, desde luego, no la paz. “Veinte millones, todos de buena fe, todos de acuerdo con Dios y su príncipe… Veinte millones de imbéciles… Como yo. O más bien no, porque yo nunca creí en ese deber. Ya a los 19 años, pensaba que no había ninguna grandeza en hundir un arma en el vientre de un hombre, en regocijarme con su muerte”, escribe Gabriel Chevallier (1895-1969) al inicio de esta obra maestra, olvidada durante muchos años. Esta novela autobiográfica relata la suerte de los poilus, los soldados franceses que acabaron destrozados en el frente bajo el mando de oficiales muchas veces incompetentes y, desde luego, muy poco considerados con la vida de sus soldados. Es un libro escalofriante, escrito a pie de trinchera. El miedo (Acantilado) es uno de los grandes testimonios universales sobre la guerra.

Johnny cogió su fusil
Dalton Trumbo (1931)

La I Guerra Mundial dejó centenares de miles de mutilados, de soldados destrozados por las armas más modernas jamás utilizadas en ningún conflicto, pero también salvados por una medicina que había avanzado a pasos agigantados. Dalton Trumbo (1905-1976), guionista y novelista que acabaría siendo apartado del cine durante la caza de brujas en Hollywood del senador McCarthy, escribió la historia de uno de estos heridos, sin piernas ni brazos, sin poder hablar, pero con la mente totalmente lúcida. Es un relato espeluznante, pero también la metáfora de los heridos, física o moralmente, por la guerra, hombres aislados de su sociedad, condenados a no poder transmitir sus sufrimientos. Trumbo pasó muchos años sin poder trabajar hasta que el productor y protagonista de Espartaco se empeñó en que su nombre apareciese en los créditos. Curiosamente, el director, Stanley Kubrick, y el actor Kirk Douglas son los responsables del mejor filme sobre el conflicto, Senderos de gloria.

Viaje al fin de la noche
Louis-Ferdinand Céline (1932)

El siglo XX ha producido pocos escritores tan complejos, polémicos y grandes como Louis-Ferdinand Céline (1894-1961). Leer su obra supone asomarse al abismo porque conocemos su antisemitismo feroz y sabemos que estuvo en el bando de los nazis durante la II Guerra Mundial. La polémica nunca ha dejado de acompañarle. Dicho esto, ¿es Viaje al fin de la noche una de las grandes novelas universales? Sin duda. Por su lenguaje, por su estructura, por su técnica narrativa, fue una obra extraordinariamente innovadora, pero se lee también como un libro imprescindible sobre el conflicto, uno de los mayores gritos contra el absurdo de la guerra nunca escritos. Su protagonista, Ferdinand Bardamu, es un tipo cínico y descreído, un individuo que va al frente sin ninguna gana de ser un héroe, ni de jugarse la vida. “La guerra es al final todo lo que no entendemos”, escribe. A Céline es imposible comprenderlo, pero también dejar de leerlo.

El mundo de ayer
Stefan Zweig (1942)

No es una obra sobre la I Guerra Mundial, pero se trata de uno de los libros más bellos que se han escrito sobre lo que significa Europa y sobre cómo fue destruida dos veces, en dos cataclismos tan conectados entre sí que, en cierta medida, forman uno solo: en 1914, con el inicio de la IGM, y en 1933, con la llegada de Hitler al poder, que acabaría desembocando en la II Guerra Mundial. Con el subtítulo de Memorias de un europeo, Stefan Zweig (1881-1942) escribió su autobiografía al final de su vida. Se suicidó en 1942 creyendo que su mundo había desaparecido para siempre y que, como judío, iba a ser perseguido eternamente. Varios capítulos transcurren durante el conflicto y es emocionante su descripción del verano de 1914, pero por encima de todo es tal vez el libro que mejor describe lo que la guerra destruyó, la Europa borrada del mapa (literalmente) en las trincheras.

Los cañones de agosto
Barbara Tuchman (1962)

Este libro se encuentra en esta lista no por su importancia actual, sino por la importancia que tuvo cuando fue editado. Sobre los orígenes del conflicto se han publicado dos estudios imprescindibles este mismo año, Sonámbulos, de Christopher Clark, y 1914, de Margaret McMillan, que estudian el mismo periodo que Barbara Tuchman (1912-1989): las decisiones políticas y estratégicas que llevaron al estallido de la I Guerra Mundial. Sin embargo, Tuchman logró, además del Premio Pulitzer en 1963, una influencia que pocos libros de historia consiguen. Durante la crisis de los misiles con Cuba, el presidente John F. Kennedy tuvo siempre presente este ensayo y dijo que no quería encontrarse de repente en medio de una guerra mundial, arrastrado por acontecimientos rápidos e imprevisibles, sin ni siquiera tener claro cómo había empezado todo, tal y como cuenta Tuchman que ocurrió con los políticos involucrados en la I Guerra Mundial.

Missing of the Somme
Geoff Dyer (1994)

Los lugares donde se combatió la I Guerra Mundial, sobre todo el Frente Occidental, son ahora espacios poblados de recuerdos: monumentos, cementerios con sus cruces blancas perfectamente alineadas, pero también de bombas sin explotar e incluso de cuerpos que aparecen de vez en cuando. El escritor británico Geoff Dyer (1958), del que acaba de ser publicado en castellano su ensayo sobre el jazz Pero hermoso, los describe en un apasionante libro de viajes, Missing of the Somme (Random House, 1994). Los desaparecidos del Somme es una reflexión sobre lo que significó aquel conflicto, sobre lo que inauguró: la era de los que van. Los inmensos memoriales a los desaparecidos durante la guerra reflejan lo que iba a ocurrir en el futuro, explica Dyer, “el siglo en el que millones de personas vieron cómo otros se iban para no volver”, ya sea por éxodos, emigración masiva o una violencia política no alcanzada hasta entonces.

La belleza y el dolor de la batalla
Peter Englund (2008)

En todo acontecimiento histórico llega un momento en que desaparece el último testigo, en que la vida se lleva al último que pudo narrar en primera persona lo que ocurrió. En el caso de la I Guerra Mundial, en la que combatieron cerca de 70 millones de personas, el último soldado en morir fue Claude Choules, que falleció a los 110 años en mayo de 2011 en Perh (Australia). La última veterana no combatiente fue Florence Green, que murió en febrero de 2012. El historiador sueco Peter Englund (1957), secretario permanente de la academia que otorga el Premio Nobel, recoge en este impresionante libro 20 testimonios que relatan 227 momentos diferentes del conflicto. No es el único ensayo importante en este sentido (aunque sí el más completo): The first day on the Somme (1971), de Martin Middlebrook, ofrece un espeluznante relato del peor desastre de la historia militar británica a través de los que estuvieron allí.

 

 
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Publicado por en 28 octubre, 2014 en Noticias relacionadas

 

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28 de Octubre de 1914 – Goeben entra en el Mar Negro, bombardea puertos rusos


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Foto del Buque Goeben ( Fuente: Kaiserliche-Marine )

Aunque había firmado un tratado con el Imperio Alemán, el Imperio Otomano no estaba aún en guerra junto a la Triple Entente.

Tal día como hoy el 28 de octubre de 1914 el Goeben entró en el Mar Negro, bombardeó los puertos rusos de Sebastopol y Odesa y destruyó el minador Prut.

Souchon sabía cual era su deber. Tomando como pretexto un supuesto acoso naval ruso a sus maniobras, procedió a ejecutar su plan. Asignó a su escuadra como objetivos varios de los principales puertos rusos que además de ser atacados debían ser minados.

  • Sevastopol – Fue atacada por Souchon con el Goeben, 2 destructores y un minador. El fuego del Goeben fue contestado con acierto por las baterías rusas, sufriendo el Goeben 3 impactos y retirándose antes de causar excesivo daño. En el camino de vuelta el Goeben hundió al minador ruso Prut ahuyentando a los 3 torpederos que lo escoltaban. Además capturó 2 vapores y hundió un tercero. Aunque el almirante Eberhardt salió en su persecución, su escuadra de lentos pre-dreadnought fue incapaz de darle alcance.

  • Novorossiysk – Contra ella se dirigieron el cruceros ligero Breslau y el crucero-torpedero Berk-i Satvet. Las instalaciones portuarias fueron bombardeadas a placer durante dos horas y se causaron bastantes daños en las instalaciones y naves refugiadas en el puerto. Además las minas soltadas se cobraron inmediatamente 2 vapores como víctimas.

  • Teodosia – Fue objeto de bombardeo por parte del crucero protegido Hamidiye, que además se cobró un vapor y un mercante hundidos durante su regreso.

  • Odesa – Aunque fue atacada por una debil escuadrilla formada por 2 destructores y un minador, los rusos fueron tomados por sorpresa. Los destructores turcos no sólo bombardearon el puerto durante una hora sino que hundieron un cañonero y causaron daños a varias naves.

El ataque a Sevastopol en una postal alemana (fuente: turkeyswar.com)

 
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Publicado por en 28 octubre, 2014 en 1914

 

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