Gianni Pacinotti, conocido como Gipi, ha vuelto. Cinco años de bloqueo creativo después, presenta un relato hermoso, brillante y doloroso sobre la debilidad del ser humano. Lo ha titulado así, unahistoria (Salamandra), aunque esconde otras tantas sobre el amor, la belleza, la verdad, el dolor, la libertad, el pasado, la conciencia, la incomprensión, la decepción, la guerra… Silvano Lando, escritor de 50 años recién cumplidos, del que sabemos que su psique se ha roto en mil cachitos. Mauro Landi, superviviente del frente de la Primera Guerra Mundial, del que Silvano, su nieto, conserva las cartas que le escribía a su abuela desde las orillas del horror. Su memoria es su patrimonio.

Gipi ha creado un relato sobre la debilidad del ser humano, buscando el contrapunto entre un abuelo en la Gran Guerra y su nieto hoy en díaLas dos vidas corren paralelas, como si una fuese la consecuencia de la otra, incapacitadas para independizarse. Estamos ante la obra más madura del autor italiano, un alegato contra el absolutismo doméstico de quienes no quieren ver sus contradicciones ni sus miedos. Silvano lo pierde todo tratando de devolver la vida a esas cartas con una novela, que no parece llegar a buen puerto. Gipi trabaja como un animal dolorido y no sólo en la guinización de su shistorias. El autor busca confidentes de sus preocupaciones en la página en blanco, sobre la que descarga, de la acuarela a la tinta, tantas técnicas como voces ha creado. El resultado, con tantas obras a sus espaldas, es la obra más ambiciosa del cómic europeo, porque desnuda sus aflicciones a la vista de todos.

“Creo que por primera vez en muchos años, el diseño adquiere el papel más importante del libro”, habíamos visto en otras obras suyas (Mi vida mal dibujada) un desdén por sus dotes infinitas para dibujar y más atención al guion. Pero en unahistoria la tendencia a esconder su oficio ha desaparecido. “Cuando empecé a trabajar en el libro sentí una necesidad muy fuerte por encontrarme con la pasión por el dibujo, que había perdido. Me abandonaba, en el proceso de creación del libro, a dibujar una escena, pintar un paisaje o la luz”, explica a este periódico. Y aclara que ha sido esencial el instinto, y éste ha preferido la parte más gráfica y visual de la obra, la pintura.

Quizá llegó un día en el que dudaba de que su palabra y su dibujo estuviesen a la altura de sus sentimientos: “No podía escribir o dibujar nada bueno. Durante ese bloqueo he sufrido mucho y creo que eso, unido a que he cumplido 50 años, me han vuelto a los pensamientos que convertí en narración”. Explica que la sensación que tenía mientras trabajaba era algo parecido a un testamento y, en cierto modo, la obra conserva ese temperamento nihilista que la hace arrebatadoramente desasosegante.

Dibujar sin tener razones

Reconoce que mientras el relato crecía, él volvía a reconciliarse consigo porque volvía a dibujar de nuevo. Aunque insiste en el hecho intuitivo y en que se dejaba guiar por los momentos. “Quiero pintar, pensaba, y pintaba. Quiero utilizar la pluma, y lo hacía. No me paraba a pensar las razones”, dice. El resultado es extraordinario: cada voz tiene un tratamiento gráfico diferente. Cuando está en las trincheras de la Gran Guerra los tonos son verdes grisáceos, del color de la metralla. Cuando actúa Silvano lleva a cabo una ejecución realista. Y durante la estancia en el psiquiátrico, la pluma.

Desde luego, no es una obra complaciente, es de las otras, de las que arrugan. Dramática y conflictiva, dolor sin condicionales. El autor echa mano de Truffaut para señalar que si el director de cine decía que sólo merecía la pena contar historias de amor y muerte. Está de acuerdo con el francés, porque emplea el dibujo “para comprender la existencia”. Y qué es una existencia sin amor, muerte…

El papel de sufridor e inadaptado hasta para su propia familia le ha tocado a nuestro protagonista, que no le pasa absolutamente nada. “Sufre en cualquier lugar y sin ninguna razón. No es una víctima de un ambiente, ni el entorno es hostil: es una víctima de sí mismo y de su naturaleza”. La locura no deja de ser un tema recurrente en su obra, que esencialmente es autobiográfica salvo este libro. “No tengo una buena relación con mi cerebro y me suele traer problemas. Esto me preocupa y me fascina lo suficiente como para montar una historia”, cuenta a El Confidencial.