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‘Aún no hemos entendido la lección de la Gran Guerra’ – ENTREVISTA Pat Barker

30 Oct

El Mundo

Ofensiva de soldados franceses en Arras el 7 de abril de 1918.

Ofensiva de soldados franceses en Arras el 7 de abril de 1918.CORBIS
  • ‘Regeneración’, primera entrega de la monumental trilogía novelística de Pat Barker

Nació en plena Segunda Guerra Mundial, pero fueron los fantasmas de la Gran Guerra los que se apoderaron de su infancia y de su memoria. Pat Barker (Thornaby-on-Tees, 1943) pasó por Londres lo justo para estudiar Historia en la LSE y comprender que su lugar estaba en su terruño de Yorkshire. Desde la lejana Durham fue labrando su incipiente fama literaria con novelas de carga feminista y social, como Union Street y La hija del siglo, antes de dar el salto sin red a las trincheras. Su trilogía sobre el trauma de la Gran Guerra, iniciada con Regeneración -que acaba de editar Galaxia Gutenberg- y culminada con El camino del fantasma, le valieron no sólo el Premio Booker, sino el reconocimiento unánime como una de las obras imprescindibles de la narrativa británica en el tránsito hacia el siglo XXI.

Hablemos de su abuelo, y de lo mucho que influyó en su visión del mundo y en su carrera literaria…
Mi abuelo fue herido con una bayoneta y a mi padrastro lo gasearon y quedó incapacitado para volver a trabajar. Nunca conocí a mi padre, y los dos hombres que marcaron mi infancia estaban dolorosamente marcados por la Primera Guerra Mundial… Mi abuelo nunca contaba sus batallitas sino que eligió el silencio: el mecanismo de defensa más habitual en los hombres que vuelven de la guerra. El silencio alimentó sin duda mi curiosidad. Y luego estaba el impacto que me causaba ver la enorme cicatriz de la bayoneta. La herida se la limpiaba cuidadosamente todos los viernes en el lavadero de la cocina antes de ponerse el uniforme de rigor para ir a los encuentros de la Legión Británica a los que nunca faltaba. Yo fui testigo de ese ritual semana tras semana, y no podía dejar de imaginármelo hablando de la guerra cuando se reunía con otros veteranos. Entre ellos sí que hablaban…
¿El trauma de su abuelo era el trauma de una nación?
La Gran Guerra fue nuestra Ilíada o nuestro Pearl Harbour. Todas las familias resultaron tocadas de una manera o de otra. A pesar de las décadas transcurridas, la guerra seguía dictando las vidas de los hombres y de sus familias. Era como si el pasado no hubiera quedado atrás. De hecho, el pasado nunca queda atrás: lo estamos reinventando constantemente conforme avanzamos hacia el futuro.
¿La trilogía de Regeneración es esencialmente una reinvención del pasado?
Digamos que se trata más bien de una reflexión, con ese elemento de invención que supone intercalar personajes de ficción entre personajes históricos que existieron realmente. Lo que he intentado es usar el pasado como puerta trasera hacia el presente. No me interesa la novela histórica como simple recreación o como pieza de museo. Me interesa en todo caso poner sobre la mesa las preguntas del pasado que siguen siendo relevantes para las preocupaciones de hoy.
Digamos que se trata más bien de una reflexión, con ese elemento de invención que supone intercalar personajes de ficción entre personajes históricos que existieron realmente. Lo que he intentado es usar el pasado como puerta trasera hacia el presente. No me interesa la novela histórica como simple recreación o como pieza de museo. Me interesa en todo caso poner sobre la mesa las preguntas del pasado que siguen siendo relevantes para las preocupaciones de hoy.
Efectivamente. Y tuvo que llegar un psicólogo como W. H. R. Rivers para hablar por primera vez de “la represión de la experiencia de guerra”. Rivers es para mí la piedra angular de la trilogía. De joven leí a los poetas de la Primera Guerra Mundial, Siegfried Sassoon, Wilfred Owen y por supuesto Robert Graves. Pero la labor de Rivers, que les conoció a todos ellos y trató a los dos primeros en el hospital de guerra de Craiglockhart, la descubrí a fondo gracias a mi marido [el neurólogo David Parker, fallecido en el 2009]. Me interesaba mucho explorar el dilema personal de Rivers. Su función era, básicamente, lograr la regeneración nerviosa de los soldados para volver a enviarlos al frente. A pesar de sus dudas sobre la guerra y de todo lo que iba descubriendo en su trabajo como psicólogo, tenía ese imperativo moral de lograr la recuperación de los soldados para que fueran declarados aptos para el combate. Es muy curioso el contraste de sus conclusiones con las del doctor Lewis Yealland, que hablaba incluso de la neurosis histérica de la guerra. Rivers está considerado hoy por hoy como el padre del estrés postraumático, y una de sus conclusiones más curiosas es que los hombres responden a las situaciones límite de la guerra de la misma manera que las mujeres en tiempos de paz. Lo que aprieta en último extremo el gatillo del estrés -o lo que antes se llamaba histeria- es la incapacidad de poder controlar tu propio destino y de estar a expensas de fuerzas aleatorias.
Hablemos de los poetas… El libro arranca con la declaración contra la guerra de Sassoon e incluye el demoledor poema Himno a la juventud condenada de Wilfred Owen. ¿Puede hablarse de novela antibélica?
Me resisto al cliché de novela antibélica. El libro arranca con un mensaje muy claro, es cierto, con Sassoon denunciando los “errores políticos y las mentiras” por los que son sacrificados los soldados. Pero la ambivalencia de Sassoon hacia la guerra va quedando en evidencia, no vamos a anticipar cómo acaba Regeneración… El mensaje de Owen es también muy contundente en ese poema (“¿doblarán las campanas por aquellos que mueren como ganado?”), pero al final volverá al frente. Quien menos dudó fue si acaso Robert Graves, que opinaba que una vez puesto el uniforme no puedes cambiar de idea y tienes que asumir las consecuencias. Aunque la Gran Guerra fuera incomprensible, un desastre absoluto y una carnicería sin precedentes en la historia de la humanidad, Graves era de los que sostenían que merecía la pena ganarla.
Decía Homero que los dioses desencadenan las guerras para que los poetas se dediquen a cantarlas. Y sin embargo la de Sassoon y Owen es quizás la primera generación de poetas que deciden relatar la guerra desde dentro para condenarla…
He leído varias veces La Ilíada y puedo asegurar que por debajo de esa idea preconcebida de oda a la guerra, hay aspectos de la figura de Aquiles que podrían ser considerados hoy como antibélicos. A lo largo de la historia, los poetas y los pintores reciben encargos para ensalzar los actos heroicos, pero eso no impide que el horror de la guerra esté muy presente en la literatura y en la pintura.
¿Y quién contará el lado oscuro de las guerras si los poetas se hacen objetores de conciencia?
Para eso están ahora los periodistas, pero los poetas siguen cumpliendo su función… Pienso por ejemplo en Tony Harrison, que escribió A cold coming inspirándose en una espeluznante foto de la autopista de la muerte, cuando las tropas iraquíes se retiraron de Kuwait durante la primera Guerra del Golfo… Es el último gran poema de guerra que recuerdo.
¿Siempre habrá guerras?
Por desgracia, creo que forma parte de la naturaleza humana. Siempre las ha habido, al menos desde que empezamos a dejar constancia por escrito de nuestro paso por la Tierra. Pero también es cierto que casi todas las guerras podrían haberse evitado.
¿Empezando por la Primera Guerra Mundial?
Es curioso cómo empiezan la mayoría de las guerras. Se habla siempre de un detonante (en este caso el atentado contra el archiduque Francisco Fernando), pero lo que ocurre en realidad es un proceso de arrastre. Todo el mundo pensaba en 1914 que iba a ser un ser una guerra rápida, nadie advirtió en su momento que podría dar lugar a una cadena de reacciones y acabar siendo un conflicto mundial sin precedentes. ¿Qué nos jugábamos realmente en esa guerra? ¿Qué puede justificar la muerte de más de 10 millones de humanos? Las preguntas nos las solemos hacer después. Yo creo que la principal lección de la Gran Guerra y de todas las que han seguido es la incapacidad humana para planear los eventos. Una vez desencadenada una guerra, se pierde automáticamente el control de la situación.
¿La lección es aplicable a las guerras de Irak y Afganistán?
Perfectamente. Cuando se recurre al uso de la fuerza es imposible controlar los mecanismos que se ponen en marcha, como hemos visto en Irak y en Afganistán. Estamos cometiendo los mismos errores: aún no hemos aprendido la lección de la Gran Guerra… Cuando ya estaban agotados todos los argumentos, cuando la gente se había dado cuenta de la carnicería sin fin en que se estaba convirtiendo, alguien sacó de la manga el argumento final: se trata de una guerra para acabar con todas las guerras. Y ya vimos lo que ocurrió dos décadas después.
¿Y qué sentido tiene celebrar a estas alturas el centenario de la segunda mayor masacre de la historia de la humanidad?
No hay nada que celebrar, aunque sí nos puede servir para reflexionar y para utilizarla como elemento de precaución en situaciones peligrosas como la que estamos viviendo… En plena crisis de los misiles, el libro de cabecera de John F. Kennedy era Los cañones de agosto, de la historiadora Barbara Tuchman, sobre el estallido de la Primera Guerra Mundial. Estoy convencida de que ese libro tuvo una influencia decisiva en el comportamiento de Kennedy en los momentos críticos.
¿Su trilogía ha tenido alguna repercusión en la clase política?
Creo que el conservador Michael Portillo la leyó, pero no me ha llegado mucho feedback del poder, ésa es la verdad (risas)
Los críticos consideran a estas alturas su trilogía como una de las piezas clave de la literatura británica del finales del siglo XX. ¿Usted llegó a temer sin embargo por el olvido?
Ése habría sido el triste destino de la trilogía si no llega a ser por el premio Booker a la última entrega, El camino del fantasma (1995). Por suerte, Regeneración fue rescatada a tiempo y fue descubierta por muchos lectores que primero supieron del pulso entre el doctor Rivers y uno de su pacientes, el soldado Billy Prior, que es un personaje totalmente de ficción con el que me permito ciertas licencias. Aunque en el fondo soy tan rigurosa como una historiadora y procuro ser lo más fiel posible a los hechos y a la psique de los personajes.
Prior y los dos poetas le permiten también abordar la homosexualidad en tiempos de guerra…
Es un tema que siempre me ha inquietado. En la guerra se ensalza el compañerismo y la camaradería entre hombres, y sin embargo se traza una línea roja aún más patente que en la sociedad civil. El homosexual es perseguido en tiempos de guerra y se ve obligado a ocultar a toda costa su ambivalencia.
¿La guerra es cosas de hombres?
Y también de mujeres, que se van acercando cada vez más a los puestos de combate. Para algunas mujeres forma parte de la libertad personal y de los deseos de igualdad, pero eso es algo que nunca compartiré. La imagen del hombre guerrero pasó a la historia, eso es cierto. La identificación entre guerra y masculinidad se está borrando.
Las mujeres desempeñan un papel secundario pero crucial en sus novelas de guerra…
He puesto un especial empeño en que sea así. Las mujeres han sido siempre las víctimas olvidadas de la guerra, y lo son más ahora. En Regeneración hay otro personaje de ficción, Sarah, que me sirve para reflexionar sobre la profunda contradicción del momento: las mujeres pueden trabajar en fábricas de municiones poniendo la bala en el arma letal, y sin embargo son perseguidas si pretenden abortar…
Usted conquistó su primera fama literaria con una serie de novelas feministas, de Union Street a La hija del sigo. ¿Cómo se explica el salto repentino a la trinchera masculina de la guerra?
Publiqué mis tres primeras novelas con una editorial vinculada a temas feministas, por eso se me puso un cliché contra el que tuve que luchar. Nunca me he arrepentido de mis primeros libro, pero es cierto que tuve que ponerme un reto. El primer intento fue El hombre que no estuvo allí (1989). Hasta que surgió la idea de Regeneración. La escribí como suelo hacer, con un primer borrador rápido y directo, como si me contara las cosas a mí misma. Cuando iba por la página 75 se lo enseñé a mi marido y me dijo: “Creo que vas por buen camino”. Aquel empujón fue decisivo.
¿Y cómo se repone un escritor o escritora a un Booker Prize?
Bueno, hay escritoras a las que les sentó muy bien, como mi amiga Hilary Mantel, que lo ha ganado dos veces. Pero hay otras, como Arundhati Roy, que prácticamente dejaron de escribir. Digamos que el Booker es lo más parecido al Oscar, y si te llega de joven es difícil reponerse. A una edad madura es algo más fácil, aunque tardas uno o dos años en volver a tocar tierra.
Usted ha advertido alguna vez de la trampa de la pobreza que acecha a todo escritor. ¿Qué consejos le ha dado a su hija, la novelista Anna Ralph?
No he intentado disuadirla, pero tampoco le he ocultado el reverso de este oficio: no tienes un sueldo, ni una pensión, ni un colchón de ningún tipo… A menos que te encarames a la lista de bestsellers tienes que tener otra actividad que soporte y financie tu vocación. Siempre ha sido así y creo que siempre lo será.
¿No vaticina usted la muerte del novelista, como Philip Roth?
Llevamos más de medio siglo hablando de la muerte de la novela y aquí estamos. La novela no morirá, en todo caso se reinventará en otros formatos. Gracias al Kindle, asistimos a un boom de la novela corta que hace unas décadas era impensable.

 

 

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Publicado por en 30 octubre, 2014 en Noticias relacionadas

 

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