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Los motivos de la germanofilia


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  • Discurso pronunciado en el Ateneo de Madrid (Sección de Ciencias Históricas), el 25 de mayo de 1917, al discutirse la actitud de España ante la guerra.

ESPAÑA ANTE LA GUERRA: LA INDEFENSION MATERIAL

SI ALGUIEN me preguntase ahora cuál es en los días que corren la preocupación
inmediata de los españoles, cuál debe ser el punto sobre que descarguen su máximo
esfuerzo los que sientan la ambición de formular las aspiraciones del pueblo español,
poniéndole frente a frente de sus necesidades morales y materiales y haciéndoselas
comprender con claridad, yo respondería al preguntante que mirase hacia sí, hacia su
propia vida personal, que contemplase también su hogar, sus negocios o su profesión
habituales, el campo, por reducido que sea, de su actividad cotidiana, y me dijese
después si no advierte que todo ello está trastornado, alterado por este acontecimiento
exorbitante: la guerra; la guerra, en la que cada día nos importa menos el aspecto
militar; la guerra, que con su dedo inexorable ha hecho vibrar las fibras más escondidas
de nuestra alma, ha removido todas las rutinas y ha puesto a nuestro pueblo en el
trance,’para muchos insoportable, para todos grave, de fallar y tomar partido en un
problema moral; la guerra, que prepara para mañana, para el día después de la paz, entre
las convulsiones actuales, una nueva revolución.

Jamás ante un suceso de magnitud tamaña se ha encontrado un pueblo menos
preparado que el pueblo español para afrontarlo. Y cuenta que nuestra preparación es
doble, tiene dos aspectos, íntimamente ligados el uno con el otro (vosotros decidiréis
cuál es más grave): no teníamos preparación diplomática ni militar, no teníamos política
europea; no teníamos tampoco preparación moral, no conocíamos los datos del
problema, y carecíamos de la cultura interna necesaria para improvisar una apreciación
de los valores morales que están en litigio.

Es justo proclamar que aquella primera falta de preparación militar, política y
diplomática, es de lo más castizo que se conoce y que con ello no hacemos más que
continuar una tradición española varias veces secular. Si yo fuese inclinado a empavesar
mis discursos con escarceos históricos, me sería fácil demostrar que desde hace casi tres
siglos todos los sucesos capitales en la historia del mundo nos cogen siempre
desprevenidos, y que a favor de esa estúpida imprevisión, de ese atolondramiento
nacional, han ido desenvolviéndose todas las desventuras españolas, desde la
liquidación y aventamiento del antiguo imperio nuestro, pasando por el naufragio de
nuestra independencia y por las últimas guerras coloniales, hasta la miserable empresa de Marruecos, donde no se sabe qué duele más, si el estéril sacrificio de la nación
o el ridículo de que nuestra impotencia nos cubre. Ese descuido, ese abandono, esa
necesidad entronizados en el Gobierno de España han tenido por causa inmediata la
ligereza, la ignorancia, las intrigas, la rapacidad de reyes y ministros, y por causa y
fundamento últimos la resignación y mansedumbre del pueblo, del triste, ignorante,
hambriento pueblo español, que no ha tenido nunca bríos para levantarse fusil en mano
contra sus pastores y en un escarmiento ejemplar imponerles la lección adecuada a su
delincuencia. No penséis que esa preparación de que hablo, que esa indefensión actual
de la nación española, reconocida por sus ministros en estos meses, nazca de otras
causas que las apuntadas; es la misma abyección, la misma impericia que bajo Carlos
III, la misma alocada petulancia que bajo Godoy, la misma oligarquía ya imperante en
las guerras coloniales, la que ahora, al cabo de años de paz, al cabo de gastos sin cuento,
al cabo de lecciones tan rudas como el Tratado de París, nos ha puesto frente a la guerra
europea sin ejército, peor que sin ejército, con una nómina de militares que absorbe
cientos de millones sin que tuviéramos un regimiento completo; sin diplomacia,
entregada la representación de España en el extranjero a unos cuantos señoritos
aristócratas, que usurpan el manejo de intereses importantes del país sin otro motivo que
el de ser miembros de familias distinguidas.

Ha sido preciso que la guerra estalle y que los Gobiernos se hayan encontrado sin esos dos instrumentos de acción; ha sido preciso que una vez más tropecemos con la realidad inexorable para que un presidente del Consejo de ministros dijera en las Cortes: “¡No tenemos ejército, no tenemos cónsules ni diplomáticos.!”

Pues con ser tan grave este daño, aún me aflige más, como hombre y como
español, la otra falta de preparación ante la guerra: la falta de preparación moral, ¿por
qué no llamar a las cosas por su nombre?, la incultura de los sentimientos morales, que
ha impedido a los españoles ver desde el primer día la causa de la justicia.

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Publicado por en 25 mayo, 2017 en 1917

 

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