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“Es aberrante decir que mi bisabuelo y Guillermo II querían una guerra en Europa”


El Confidencial

Fue el 28 de junio de 1914. Dos disparos a bocajarro acabaron con la vida del archiduque Francisco Fernando, heredero del Imperio austrohúngaro, y su esposa, la duquesa Sofía de Hohenberg. El pistolero, un terrorista serbio llamado Gavrilo Princip, pretendía atraer la atención mundial sobre la ocupación austriaca de Bosnia, que consideraba incompatible con el sueño de erigir una Gran Serbia. Sin embargo, lo que consiguió fue desencadenar una tempestad de acero. “¡Qué desperdicio!”, declara la princesa Sophie Hohenberg, bisnieta de la pareja asesinada. “Ese día un desgraciado terrorista mató a la persona que podía haber marcado la diferencia y evitado el desastre. Al disparar a mis bisabuelos condujo al mundo, sin pretenderlo, a una espantosa carnicería”.

Las balas de Princip también dejaron huérfanos a tres vástagos (Sophie, Max y Ernst) que acababan de entrar en la adolescencia. El tiempo ha pasado, pero aún permanece un sedimento de dolor. Un pesar que es palpable al preguntar a la princesa Sophie si estará hoy en la capital de Bosnia. No quiere ni imaginarlo. “Y no creo que ningún miembro de mi familia tenga la más mínima gana de ir”, zanja. La bisnieta del archiduque considera que su actitud no es incompatible con la magnanimidad. Aún recuerda cómo los tres hijos de la pareja perdonaron a Princip en una carta. “Ya no necesito hacerlo”, dice.

Pregunta: Su interés por sus bisabuelos ha sido constante desde su infancia. Ya lo mostraba usted en el colegio…

Respuesta: “En cada vuelta al curso revisaba el libro de Historia para comprobar si mencionaba el atentado de Sarajevo. Si era el caso, lo miraba para ver si salía el nombre de mi bisabuela, pues me llamo como ella”.

P.: ¿Temía, por su apellido, la mirada de sus compañeros de clase?

R.: “Sí. Gracias a Dios, sólo tuve que enfrentarme a ello en dos ocasiones”.

Un siglo después de su trágica muerte, las figuras del archiduque (nacido en 1863) y de la duquesa (1868) siguen siendo prácticamente desconocidas, a pesar de que existe una película y se han publicado varias biografías. Para Sophie, la vida de ambos es mucho más que Sarajevo; en realidad estamos ante una historia de amor que deparó dramáticas consecuencias dinásticas, ante una crónica política de los últimos años del imperio austrohúngaro.

En un principio, Francisco Fernando no estaba destinado a ser el heredero: era hijo del archiduque Carlos Luís, segundo de los tres hermanos menores (le precedía Maximiliano, fugaz emperador de México) del Emperador Francisco José. Sin embargo, todo cambió a raíz de la misteriosa muerte del heredero y único hijo varón del Emperador, el archiduque Rodolfo, cuyo cadáver apareció junto al de su amante, Mary Vetsera, en un pabellón de caza cercano a Viena. Dado que Carlos Luis no poseía las virtudes necesarias para ceñir la corona imperial, Francisco Fernando fue designado sucesor del Emperador en aplicación del orden dinástico.

Un retrato del archiduque Francisco Fernando, en un hotel de Sarajevo. (Reuters)

Un retrato del archiduque Francisco Fernando, en un hotel de Sarajevo. (Reuters)

El reloj que provocó un escándalo

Como heredero, estaba obligado a contraer matrimonio y tener hijos para garantizar la sucesión. Y fue aquí cuando las cosas se torcieron. Francisco Fernando conoció en un baile a la condesa Sofía Chotek, quien procedía de una familia noble de Bohemia pero no era de sangre real. Se enamoró perdidamente. Sin embargo, las normas dinásticas de los Habsburgo eran implacables al respecto: el archiduque que contrajese un matrimonio desigual renunciaba inmediatamente a la sucesión y a formar parte de la Familia Imperial.

Por ello, la pareja mantuvo en secreto su romance. Uno de los destinos militares del nuevo heredero estaba ubicado cerca de la residencia de los archiduques Federico (hermano de la Reina Regente María Cristina de España) e Isabel, de quién Chotek era dama de compañía. Francisco Fernando multiplicó sus visitas al lugar, pero no para pedir la mano de una de sus hijas, como pretendía la archiduquesa, sino para ver a Sofía. La estratagema funcionó hasta el día en que el heredero se dejó en la casa su reloj de cadena. Éste cayó en manos de la archiduquesa Isabel, que montó en cólera al descubrir que escondía una foto de Sofía. El escándalo estaba servido.

No obstante, Francisco Fernando no dio su brazo a torcer. Durante años aguantó todo tipo de presiones para que cambiase de parecer, incluidas las eclesiales. El archiduque, católico ferviente, no dudó en tachar de “cretino” a su antiguo preceptor, el monseñor Godfried Marschall, quien intentó persuadirle para que no contrajera matrimonio con Chotek.

“Era guapa, inteligente y con mucho sentido del humor”

Al final Francisco Fernando se salió con la suya, aunque pagando un alto precio: en junio de 1900, en el transcurso de una sórdida ceremonia celebrada en Viena, el archiduque, con su mano sobre los Evangelios, prometió que su mujer nunca sería proclamada emperatriz ni otorgaría a sus hijos derecho sucesorio alguno. La única y magra compensación que obtuvo fue la elevación de Sofía al rango de princesa de Hohenberg (más tarde ascendería a duquesa) pero sin estatus real. Esto significaba que en los actos oficiales pasaba por detrás de todas las archiduquesas, por muy esposa del heredero que fuese.

Sophie Hohenberg, bisnieta del archiduque Francisco Fernando.

Sophie Hohenberg, bisnieta del archiduque Francisco Fernando.

La boda fue celebrada con sencillez el 1 de julio de 1900 en la parroquia de una aldea de Bohemia, sin la presencia de Francisco José ni de ningún otro miembro de la dinastía, con la excepción de la madrastra y las dos hermanas de padre del contrayente. Desde entonces se ha especulado a menudo acerca de las intenciones de Francisco Fernando una vez alcanzado el trono. Algunos creen que habría sido capaz de faltar a su juramento, convirtiendo a su esposa en emperatriz. Una hipótesis que Sophie Hohenberg soluciona de un plumazo. “La cuestión ni se plantea, pero hubiera sido una estupenda esposa del emperador, era capaz de asumir las obligaciones propias de una emperatriz”, opina.

Biógrafos e historiadores coinciden en destacar la bondad de la consorte. Sophie, que ha tenido acceso a los archivos familiares y que conoció a la hija mayor de sus bisabuelos, no escatima en elogios hacia su antepasada. “Era guapa, inteligente, paciente y creo que con una alta dosis de humor”, cuenta.

Golpes bajos en la corte vienesa

Virtudes que demostraron ser perfectas para compensar el carácter complicado de su marido. Fue un éxito: Francisco Fernando y Sofía fueron una de las parejas más felices de la realeza europea de principios del siglo XX. Hubo una total compenetración entre ambos durante los catorce años que duró el matrimonio. De no haber sido así, difícilmente podrían haber aguantado la interminable lista de mezquindades y golpes bajos perpetrados por los dignatarios de la corte vienesa y que tanto entorpecieron las ya de por sí complicadas relaciones entre Francisco José y su sobrino y sucesor.

Pregunta: ¿Cómo se llevaban?

Respuesta: “Hoy sigue siendo complicado desmenuzar esa relación. Para empezar, quiero subrayar que mi bisabuelo tenía un profundo respeto por Francisco José; no sólo era su tío, sino y sobre todo el Emperador y el jefe de familia. Y si no estaban de acuerdo sobre la manera de guiar el ‘buque Austria-Hungría’, el Emperador siempre tenía la última palabra”.

P.: Pero Francisco Fernando no se paraba en barras a la hora de dar su opinión…

R.: “No era obsequioso, desde luego. Y Francisco José, como hizo con su hijo Rodolfo y como haría más tarde con su sobrino Carlos, intentaba impedir que Francisco Fernando interviniera en los asuntos de Estado. Pero él era consciente de cuáles iban a ser sus responsabilidades en un futuro y no podía permanecer callado ante los peligros internos y externos que acechaban a la Doble Monarquía”.

El coche que utilizaron el archiduque y su esposa el día del asesinato en Sarajevo. (Reuters)

El coche que utilizaron el archiduque y su esposa el día del asesinato en Sarajevo. (Reuters)

Francisco Fernando tenía su personalidad política, para bien y para mal. Una de cal y otra de arena, se podría decir. Por una parte, desde que unos oficiales se burlaron de su acento húngaro, profesó una profunda hostilidad hacia el reino de Budapest. Los magiares se lo devolvían: cuando el archiduque fue asesinado, el conde Iván Tisza, a la sazón primer ministro húngaro, declaró: “Se ha cumplido la voluntad del Cielo”.

Francisco Fernando y Sofía fueron una de las parejas más felices de la realeza europea. De no haber sido así, difícilmente podrían haber aguantado la interminable lista de mezquindades y golpes bajos perpetrados por los dignatarios de la corte vienesa

Esta mala relación entre el heredero y la segunda pata sobre la que descansaba el equilibrio del imperio hacía temer los peores augurios. Francisco Fernando tenía la intención contradictoria de conceder el sufragio universal a Hungría y no a Austria: quería barrer, en el primer caso, a señores feudales y magnates que se aferraban a sus privilegios, y temía, en el segundo, la eclosión de una clase media liberal y democrática. “Al final”, puntualiza Hohenberg, “el Emperador instauró el sufragio universal en todos sus territorios; no podía ignorar la tendencia que imperaba en Europa”.

La otra cara, algo más progresista, de la moneda de Francisco Fernando fue su lucidez estratégica. Sabía que una nueva guerra en Europa se llevaría por delante, como sucedió, a los Habsburgo y a los Romanov. De ahí sus esfuerzos por entenderse con los monarcas de San Petersburgo, Londres y Berlín, con quienes nunca llegó del todo a congeniar, y también por estrechar relaciones con Rumanía, país fronterizo e inestable.

Pregunta: ¿Se hubiera salvado el Imperio austro-húngaro si hubiera reinado su bisabuelo? Los historiadores le atribuyen veleidades reformistas…

Respuesta: “Mire, la Historia es la que es y no se puede rehacer. ¿Estaba mejor preparado Francisco Fernando que Carlos? Seguramente. No obstante, la situación de Europa a principios del Siglo XX era harto compleja: la presencia, ya arraigada, del nacionalismo y del individualismo, y la aparición de nuevos desafíos estratégicos como el petróleo lo corroboran. ¿Que hubiera sido del mundo sin Sarajevo? Sólo Dios lo sabe”.

El calvario de los Hohenberg y “el robo checo”

Lo que no terminó en Sarajevo fue el calvario de los Hohenberg. Al poco de acabar la I Guerra Mundial, las autoridades de la recién creada Checoslovaquia dieron un par de horas a los tres jóvenes huérfanos para recoger sus pertenencias y abandonar el castillo bohemio de Konopiste y su bosque de 6.000 hectáreas, heredados de sus padres junto al castillo austriaco de Arstretten y la finca de Chlumetz. En 1921, el Parlamento checoslovaco, con objeto de plasmar en su ordenamiento jurídico las disposiciones del Tratado de Saint-Germain (que disolvió Imperio austrohúngaro), votó la Ley 354.

Un póster del asesino del archiduque, el serbio Gavrilo Princip, en Sarajevo. (Reuters)

Un póster del asesino del archiduque, el serbio Gavrilo Princip, en Sarajevo. (Reuters)

En su apartado 3, la Ley indica que “los bienes y propiedades de la antigua familia soberana de Austria-Hungría están constituidos por los del antiguo Emperador Carlos y su esposa Zita, y por los de los demás miembros de la familia, de forma particular por los del antiguo heredero Francisco Fernando y sus descendientes”. Un apartado que Sophie Hohenberg considera nulo de pleno derecho. “Lo de los checos es un robo; intelectualmente es deshonesto. En 1921, Francisco Fernando llevaba siete años muerto y su herencia se zanjó en 1916. Desde esa fecha, el dueño de Konopiste era mi abuelo Max”.

Desde que unos oficiales se burlaron de su acento húngaro, profesó una profunda hostilidad hacia el reino de Budapest. Los magiares se lo devolvían; cuando el archiduque fue asesinado, el conde Iván Tisza, a la sazón primer ministro húngaro, declaró: ‘Se ha cumplido la voluntad del Cielo’

Cuando éste último y sus hermanos nacieron, ya no eran ni Habsburgo ni dinastas debido a la renuncia de Francisco Fernando; eran simplemente Hohenberg. Siguiendo esa lógica, Austria no confiscó ningún bien ni al duque Max ni a sus hermanos, “la prueba fehaciente de que el Tratado de Saint-Germain no se aplica a ellos”. Es el principal argumento de Sophie Hohenberg para seguir reclamando la devolución de Konopiste, (su hermana mayor, la princesa Anita, es la dueña de Artstretten, que ha convertido en atracción turística).

Hasta la fecha, todo han sido reveses judiciales: al del Supremo checo se sumó el del Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Pero la princesa Hohenberg no pierde la esperanza. Considera que Konipiste es el combate más importante de su vida y asegura que no se han agotado las vías judiciales. Reconoce, no obstante, que se siente como David ante Goliat. “Soy un eslabón más de la cadena familiar y, después de mi muerte, llegará otro para sustituirme. Quién sabe. Mi abuelo luchó toda su vida para recuperar sus bienes y yo no voy a desanimarme en el primer intento. En mi familia pensamos siempre a largo plazo. Es nuestra principal baza”.

El largo plazo y también una capacidad de de aguante excepcional. El apellidarse Hohenberg costó a los tres hijos de Francisco Fernando y Sofía la deportación al campo de concentración de Dachau en 1938, a raíz de la anexión de Austria por la Alemania nazi. Los hermanos sobrevivieron a Dachau, pero su salud se resintió tremendamente. Las secuelas acabaron con la vida del duque Ernst cuando sólo tenía 50 años.

Pregunta: ¿Hay una ‘maldición Hohenberg’?

Respuesta: “No creo que estemos malditos. Al contrario, hemos tenido suerte en la desgracia. La generación de mi abuelo tuvo un comportamiento admirable en la adversidad: supo continuar su tarea con valentía, fe y humor, dando un magnífico ejemplo a las generaciones siguientes. Tuvieron una vida fuera de lo común; y si en algún momento esa existencia se pudo asemejar a una bajada a los infiernos, siempre hubo alegría”.

P.: Volviendo a Sarajevo, sigue circulando una leyenda según la cual, días antes del atentado, el archiduque Francisco Fernando y Guillermo II de Alemania habrían diseñado en Konopiste un plan para desencadenar lo antes posible una guerra en Europa.

R.: “Esa es una historia aberrante montada de cabo a rabo en 1916 por el periodista británico Henry Wickam Steed. Propaganda en estado puro. Lo fascinante es que haya gente dispuesta a creerse semejante sandez. Esta leyenda no ha hecho sino fomentar el odio hacia los Habsburgo y también originó las palabras “de forma particular por los del antiguo heredero Francisco Fernando y sus descendientes”, incluidas en la ley 354, facilitando de paso el robo de los checos.

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Publicado por en 2 julio, 2014 en entrevistas

 

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«Gran Bretaña fue responsable pasiva»


El País (Entrevista Lourdes Gomez a David Stevenson, historiador británico)

Foto: Ione Saiza

Mapas antiguos se amontonan en el despacho de David Stevenson, catedrático en la London School of Economics. Los desplegó durante años para explicar la división de Europa, en los albores del siglo XX. Los mapas quedaron obsoletos pero la polémica sobre las causas y responsabilidades sigue viva. En ‘1914-1918. Historia de la Primera Guerra Mundial’, presenta las claves políticas

¿Qué le lleva a sostener que la Primera Guerra Mundial pudo evitarse?
La vieja idea de que fue un error o algo inevitable ya no se sostiene. En los años previos a 1914 hubo mucha tensión internacional y creció la posibilidad de guerra. La división de Europa en dos grandes bloques, la carrera armamentista, las crisis de Marruecos y los Balcanes o la evolución de la opinión pública fueron señales claras de peligro. Pero se habían vivido periodos anteriores de tensión que no abocaron en una guerra europea. La situación se hubiera destensado de no ser por una serie de decisiones claves tomadas en el verano de 1914.
¿Esas decisiones respondieron al convencimiento de que la guerra era la mejor alternativa?
Se vio como la alternativa menos mala, aunque nadie esperaba una guerra de cuatro años y medio y 10 millones de muertos. Los gobiernos creyeron que echarse atrás o aceptar un compromiso acarraría peores consecuencias. Alemania pensó que dejaría de ser una superpotencia si no protegía a Austria. Rusia se vio en una situación similar: perdería poder si no entraba en acción. Y ambos bandos asumieron que tenían perspectivas razonables de victoria.
anapixel
¿Culpa a Alemania de iniciar la guerra cuando sugiere que no exploró todas las alternativas?
El gobierno alemán fue a la guerra con demasiada celeridad. No es cierto que hubiera agotado todas las opciones, ya sea la vía diplomática o armamentística. Alemania y Austria deberían haber conservado la calma y evitado recurrir a la violencia. Pero no se les puede culpar completamente de la guerra. Alemanes, austriacos, franceses y rusos comparten la responsabilidad. Todos tomaron decisiones que condujeron al enfrentamiento.
¿Y los británicos?
Se argumenta que pudieron hacer más para prevenirlo, pero yo no estoy convencido de que un ultimátum hubiera disuadido a Alemania. En todo caso, Gran Bretaña tuvo una responsabilidad pasiva.

Se vio como la alternativa menos mala, aunque nadie esperaba 10 millones de muertos

¿El nacionalismo, detonante de la Gran Guerra, presenta una amenaza similar en el siglo XXI?
Es la cuestión que enfrenta en Asia a China con Japón y EEUU. Hay un paralelismo con 1914: si vemos a EEUU en la posición de Gran Bretaña, China es la potencia emergente, como entonces era Alemania, y ambos van a la confrontación. El nacionalismo ruso puede causar un daño enorme: sucedió en Georgia en 2008 y se repite en Ucrania. Putin quiere recuperar el dominio sobre los países fronterizos y esto puede llevar a un enfrentamiento mayor. La democracia y la globalización no impidieron la guerra en 1914. Ya no podemos asumir que estos factores garantizan la paz. Hoy más que nunca hay que renunciar a la guerra. Dependemos más unos de otros y las consecuencias afectarán a todo el mundo.
¿Ignoran las potencias las lecciones del pasado?
La guerra debería ser el último recurso. Esa es la única conclusión. Yo no adopto una posición absolutamente pacifista porque la inacción también puede ser un recurso peligroso. Esa es la lección de los años 30. Pero 1914 demostró que es muy difícil controlar una guerra. La lógica lleva a la escalada del conflicto. Es peligroso suponer que una guerra puede ser limpia, simple y la vía para alcanzar los objetivos marcados.
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Soldados británicos empaquetan un paracaídas. | Europeana

 
¿Cómo explica el consenso popular que hubo a favor de la Gran Guerra?
Los últimos estudios sugieren que la gente reaccionó con miedo, incertidumbre e indecisión al estallar la guerra. El apoyo creció tras los primeros combates y particularmente debido al masivo número de víctimas. Los gobiernos argumentaron que los soldados no podían morir en vano, que luchaban en una guerra defensiva, justa y provocada por el otro bando. Incluso Austria sufrió una agresión: los asesinatos de Sarajevo por nacionalistas serbios es lo que ahora llamamos terrorismo de Estado.
¿Qué impacto tuvo la neutralidad para España?
España tuvo un papel estratégicamente importante como suministrador de minerales de hierro para los aliados desde Bilbao. También se benefició con exportaciones de fruta y verduras. Pero la experiencia de 1914-1918 contribuyó a polarizar la sociedad española.
 
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Publicado por en 1 julio, 2014 en entrevistas

 

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«Alemania apretó primero el gatillo»


El Pais (entrevista de Silvia Roman a Gerd Krumeich, historiador alemán)

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Gerd Krumeich FOTO: AFP

SILVIA ROMÁN

Si hay un gran especialista en la Primera Guerra Mundial en territorio alemán es Gerd Krumeich (Düsseldorf, 1945). Profesor emérito de la Universidad Heinrich-Heine de Düsseldorf, se formó y trabaja entre Francia y Alemania, es vicedirector del Centro Internacional de Investigación de la Gran Guerra y su último libro se titula, cómo no, ‘Encender la pólvora. ¿Quién desencadenó la guerra en 1914?’

Cree que la Primera Guerra Mundial podría haberse evitado?
Sí, claro, hasta el último minuto se habría podido hablar y frenar las movilizaciones. Pero es cierto también que, estructuralmente, la guerra era ya inminente. Desde 1911, Europa había vivido en una especie de preguerra, algo que todo el mundo sabía. En todo caso, no sabemos qué habría pasado si la crisis de julio se hubiera frenado. 
¿Alemania se lanzó con rapidez al conflicto bélico?
Sí, demasiado rápido, de ahí que ella fuera la mayor responsable. Alemania pensó aprovechar la crisis entre el Imperio Austro-húngaro y Serbia para ‘probar’ la voluntad de guerra de Rusia. Los generales y los políticos temían la fuerza militar rusa, que iba en aumento. Estaban convencidos de que en dos años no podrían controlar a los rusos. De ahí que en julio pensaran: si hay que hacer la guerra, hagámosla ahora.
¿Alemania desencadenó la Gran Guerra? ¿Tuvo Alemania toda la responsabilidad o culpa de la Primera Guerra Mundial?
No toda la responsabilidad. Alemania no era más militarista ni imperialista que las demás naciones europeas. Pero fueron los alemanes quienes apretaron el gatillo en 1914. Ahí es donde está su gran responsabilidad.
¿Cómo fue la brutalidad de la Primera Guerra Mundial en comparación con los crímenes nazis?
No hay comparación alguna en la medida que los nazis la emprendieron contra los civiles desarmados y provocaron una ‘guerra de razas’, dispuestos a exterminar a quien fuera. Y, a pesar de todo los males de la Gran Guerra, a pesar de las atrocidades de agosto y septiembre de 1914 contra civiles belgas y franceses, hay un abismo entre las mentalidades de 1914 y las de 1939.

Alemania no era más militarista ni imperialista que las demás naciones europeas. No tuvo toda la responsabilidad

¿Habría existido la Segunda Guerra Mundial sin la Primera Guerra Mundial, sin la humillación de Versalles?
En efecto, la ‘vergüenza’ del Tratado de Versalles, esa injusticia que experimentó Alemania, le pudo hacer pensar que hacía falta la revancha. Y cuando Hitler la prometió, los alemanes se pusieron bien contentos. Jamás Hitler fue tan popular como cuando en 1940 la victoria sobre Francia se vendió como haber ganado al fin la Primera Guerra Mundial.
¿Cree que la humillación de Versalles fue una excusa para la generación alemana de los años 60 para calmar o atenuar el sentimiento de culpabilidad por los crímenes nazis?
Sin duda fue así. Yo mismo lo he vivido. Yo, que nací en 1945, cuando en los años 60 comencé a hacer preguntas a la generación de mis padres sobre cómo fueron capaces de llegar tan lejos, la respuesta era siempre la misma: ‘Fue Versalles quien nos creó a Hitler’. De manera que nosotros, los jóvenes, no quisimos ya más hablar de ello y nos pusimos a buscar por otras partes, encontrando bastante: el carácter autoritario, el impacto del militarismo prusiano…
¿La culpabilidad de dos guerras impide a Alemania llevar una política exterior responsable en Europa hoy día?
Para los alemanes de avanzada edad, en parte sí, ya que ‘una política responsable’ significa recurrir a las armas. Pero ya estamos en un proceso de cambio de mentalidad. Cada vez más, aquellas generaciones que no tienen nada que ver con los crímenes nazis están ocupando los puestos de poder y son conscientes de las obligaciones que implica ser una gran potencia en el seno de Europa.
¿Qué actitud tiene la población alemana respecto al aniversario de la Gran Guerra?
Cada vez hay más interés. Sin embargo, es como si la Primera Guerra Mundial no fuera parte integrante de nuestra historia. Espontáneamente, para la mayoría de los jóvenes alemanes, nuestra historia comienza en 1933 o en 1945.

Las generaciones que no tienen que ver con los crímenes nazis ocupan los puestos de poder y son conscientes de las obligaciones que implica ser una gran potencia

¿Está a favor de que se conmemore en Alemania? ¿Y en Reino Unido, Francia….?
Cada nación responde según el desarrollo de su Historia. Es inútil discutir esta cuestión…
Siempre se asegura que el nacionalismo provocó la Gran Guerra, ¿los nacionalismos de hoy día son una amenaza similar?
No en Europa. Aunque sí en otras zonas donde se mezcla nacionalismo y religión y rápidamente se decretan guerras santas. Como nos ocurrió a nosotros hace 100 años. Pero ya ha pasado y no se repetirá. Estoy bien seguro. 
¿Cree que la guerra debería ser siempre el último recurso?
Como dijo Clausewitz [militar e historiador prusiano], «la guerra es la continuación de la política por otros medios». Y si la política no consigue frenar a un Hitler o a un Sadam, entonces se podría seguir de otra manera. Si Francia y Reino Unido hubieran combatido verdaderamente a Hitler en 1939, tras su declaración de guerra, le habrían derrotado. Esto es, para nada estoy en contra de los intentos de apaciguamiento, pero los dictadores deben saber también que corren el riesgo de perder su poder y su vida. 
 
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Publicado por en 1 julio, 2014 en entrevistas

 

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