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Los «Catorce Puntos de Wilson»


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Los Catorce Puntos fueron una serie de propuestas realizadas el 8 de enero de 1918 por el presidente estadounidense Woodrow Wilson para crear unos nuevos objetivos bélicos defendibles moralmente para la Triple Entente que pudiesen servir de base para negociaciones de paz con los Imperios Centrales.

Contexto

Hacia el final de la Gran Guerra, el 8 de enero de 1918, el presidente de los Estados Unidos, Woodrow Wilson hizo una llamada a las naciones europeas en conflicto para que detuvieran el fuego y dieran paso a la reconstrucción del continente.

Para esto redactó un discurso conocido como los «Catorce Puntos», que no era más que una serie de propuestas que permitirían desvanecer el fantasma de la guerra en todo el planeta y la conformación de un nuevo orden mundial. El discurso fue dado el 8 de enero de 1918 ante el Congreso de los EE.UU. La intención del presidente era presentar unos objetivos bélicos para la Entente que permitiesen alcanzar la paz y contrarrestar la propaganda pacifista bolchevique; la propuesta de Trotski para negociar una paz inmediata había sido rechazada por la Entente poco antes y esta deseaba evitar con su propia propuesta el efecto adverso de haber rehusado negociar la paz mientras que los Imperios Centrales habían aceptado.

El presidente basó sus propuestas recogidas en los Puntos en las sugerencias presentadas en un informe de la junta informal del Congreso de los Estados Unidos encargada de preparar la futura conferencia de paz pocos días antes.

Los «Catorce Puntos de Wilson»

Dichos puntos son:

  1. Convenios abiertos y no diplomacia secreta en el futuro.
  2. Absoluta libertad de navegación en la paz y en la guerra fuera de las aguas jurisdiccionales, excepto cuando los mares quedasen cerrados por un acuerdo internacional.
  3. Desaparición, tanto como sea posible, de las barreras económicas.
  4. Garantías adecuadas para la reducción de los armamentos nacionales.
  5. Reajuste de las reclamaciones coloniales, de tal manera que los intereses de los pueblos merezcan igual consideración que las aspiraciones de los gobiernos, cuyo fundamento habrá de ser determinado, es decir, el derecho a la autodeterminación de los pueblos.
  6. Evacuación de todo el territorio ruso, dándose a Rusia plena oportunidad para su propio desarrollo con la ayuda de las potencias.
  7. Plena restauración de Bélgica en su completa y libre soberanía.
  8. Liberación de todo el territorio francés y reparación de los perjuicios causados por Prusia en 1871.
  9. Reajuste de las fronteras italianas de acuerdo con el principio de la nacionalidad.
  10. Oportunidad para un desarrollo autónomo de los pueblos del Imperio austrohúngaro.
  11. Evacuación de Rumanía, Serbia y Montenegro, concesión de un acceso al mar a Serbia y arreglo de las relaciones entre los Estados balcánicos de acuerdo con sus sentimientos y el principio de nacionalidad.
  12. Seguridad de desarrollo autónomo de las nacionalidades no turcas del Imperio otomano, y el Estrecho de los Dardanelos libres para toda clase de barcos.
  13. Declarar a Polonia como un estado independiente, que además tenga acceso al mar.
  14. La creación de una asociación general de naciones, a constituir mediante pactos específicos con el propósito de garantizar mutuamente la independencia política y la integridad territorial, tanto de los Estados grandes como de los pequeños.

De aquí sale la iniciativa para la conformación de una Sociedad de Naciones, antecedente de la Naciones Unidas.

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Publicado por en 8 enero, 2018 en 1918, Claves

 

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La entrada de Turquía en la guerra, en noviembre de 1914, fue interpretada en Londres como una traición a las decenas de años que llevaba el imperio británico manteniendo con vida al Enfermo de Europa frente a la voracidad rusa y austriaca. No quisieron darse cuenta en la capital inglesa de que, incorporada Rusia a la Entente, Turquía no podría entrar en la guerra más que para oponerse a su ancestral enemigo. Nunca estar contra Rusia había significado estarlo también contra Gran Bretaña, pero ahora sí. No obstante, como no hay bien que por mal no venga, Londres trató de aprovechar la nueva situación y decidió que al menos podría al final de la guerra repartirse con sus aliados los despojos del imperio otomano. Naturalmente, hubo que aceptar que Rusia se haría con Constantinopla y los Estrechos. Así se acordó en un pacto entre las potencias de la Entente en marzo de 1915. Claro que la perspectiva de que Rusia lograra asomarse finalmente con su flota de guerra al Mediterráneo oriental planteaba un nuevo desafío. Precisamente, la clase de desafío que el apuntalamiento del régimen turco había tratado de evitar durante tanto tiempo. No hay que olvidar que Gran Bretaña y Rusia se habían enfrentado duramente en Asia Central en lo que se llamó el Gran Juego y que, aunque éste había terminado con un acuerdo de reparto de esferas de influencia en Persia, la rivalidad persistía. La presencia de los barcos de guerra rusos en las proximidades del Canal de Suez y la posibilidad de que pudieran en el futuro cortar la vía de comunicación de la flota británica con sus colonias en el subcontinente indio exigía hacer algo.

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Sin embargo, mucho antes de que en Londres se decidiera qué hacer, lo que sí se les ocurrió a los turcos fue hostigar a su antiguo amigo, el imperio británico, atacándole donde más daño podía hacerle, en el Canal de Suez. Sin embargo, la ofensiva de principios de 1915 fue un fracaso. Luego, tras pedir auxilio los rusos asediados por los turcos en el Cáucaso, los ingleses trataron de desembarcar en Galípoli, dirigirse directamente contra Constantinopla, ocuparla y entregársela al zar. Es sorprendente que la primera acción de envergadura de los ingleses contra los turcos estuviera pensada para beneficio Nicolás II y no de Jorge V. Pero también esta operación fracasó.

Tras devolver a los ingleses al mar en Galípoli, los turcos, reforzados con los veteranos que desde allí vinieron y con las tropas y pertrechos enviados desde Austria y Alemania, intentaron un nuevo asalto al canal en agosto de 1916. Volvieron a fracasar y tuvieron que retirarse. El general Murray, al mando de las tropas británicas en Egipto, envalentonado por la victoria, decidió que había llegado el momento de pasar a la ofensiva. Logísticamente, la operación era complicada porque había que atravesar la península del Sinaí, cosa que no podría hacer con garantía de éxito sin construir líneas férreas y un acueducto de tubo con el que tener unas líneas de suministro suficientes desde la retaguardia. Murray logró llegar hasta las puertas de Gaza, pero allí fue rechazado por los turcos en dos ocasiones en marzo y abril de 1917.

Mientras, los ingleses, en su esfuerzo de revertir la estrategia alemana de levantar contra Londres a los súbditos musulmanes del imperio británico, trataron de ayudar a las tribus árabes, que se habían rebelado en parte contra Constantinopla durante la primavera de 1916. A tal fin fueron enviados a tratar con Husein ibn Alí, jerife de La Meca, diversos asesores militares, entre los que se encontraba Thomas Edward Lawrence, más conocido luego como Lawrence de Arabia. Los árabes asolaron el ferrocarril que recorría la región de Hiyaz. Estratégicamente, la línea no era muy importante, pero políticamente su interrupción constituía un grave revés al prestigio turco porque la línea terminaba en Medina, la ciudad en la que gobernó y murió Mahoma, sobre la que los sultanes de la Sublime Puerta habían imperado con orgullo durante siglos. El éxito militar más notable de Lawrence en Arabia lo constituyó la toma del puerto de Aqaba en julio de 1917. Fue importante porque, gracias a su posesión, los rebeldes árabes pudieron recibir ayuda material de sus aliados ingleses por el Mar Rojo.

Mientras, en Londres, surgió un nuevo factor que considerar en la política británica para Oriente Medio, y fue el incremento de la influencia del sionismo. El movimiento sionista no era nuevo, pero se había revitalizado enormemente gracias a la persecución de la que los judíos rusos habían sido víctimas por parte del gobierno zarista. Los pogromos obligaron a muchos judíos a emigrar y las poblaciones judías de los países occidentales crecieron exponencialmente, a la vez que entre estos emigrantes se afianzó la necesidad de una patria judía en Palestina. De hecho, algunos de los judíos que huyeron de Rusia se establecieron allí. Por supuesto, no todos los judíos europeos eran sionistas. Los más integrados en las sociedades en las que vivían, especialmente en Alemania y en Gran Bretaña, creían que la creación de un Estado independiente judío los convertiría en extranjeros en sus propios países, al pasar a ser considerados ciudadanos de otra nación. Con todo, el sionismo despertó ciertas simpatías en la sociedad inglesa. El problema, tal y como lo vieron el primer ministro Asquith y el secretario del Foreign Office Grey, era que no era posible apoyar el sionismo sin a la vez violar lo que habían pactado con Francia en cuanto al futuro de Oriente Medio, entonces en manos del imperio otomano. En efecto, en el acuerdo Sykes-Picot (por los apellidos de los representantes inglés y francés que lo negociaron), suscrito en mayo de 1916, las dos potencias coloniales se repartieron Oriente Medio. Para Gran Bretaña el acuerdo era importante porque, de llevarse a efecto, quedaría abierta una ruta terrestre hacia la India desde los puertos del Levante, disminuyendo así la importancia de la amenaza que en el futuro pudieran constituir los rusos desde los estrechos, cuando hubiera que entregárselos conforme a lo pactado. En el acuerdo con Francia, Palestina quedaba sujeta a una futura administración internacional cuyos detalles se pactarían más adelante. Así que, pensaban Asquith y Grey, si Gran Bretaña se comprometía a respaldar la creación de una patria judía en Palestina, se encontraría comprometida en la zona de tres formas contradictorias, pues, además de chocar con lo acordado con Francia, violaría igualmente la vaga promesa hecha a las tribus árabes de apoyar la creación de una nación independiente para ellas.

El obstáculo que representaban Asquith y Grey desapareció en diciembre de 1916 cuando fue nombrado primer ministro Lloyd George. Éste fue ganado para el sionismo por Haim Weizmann, que lo convenció de que los intereses del sionismo eran coincidentes con los estratégicos del imperio británico. Tras ciertos vaivenes en los que tuvo mucho peso que el presidente de los Estados Unidos, Wilson, apoyara el sionismo, el 2 de noviembre de 1917 el Gobierno británico respaldó abiertamente la creación de una patria judía (lo que no significaba necesariamente un Estado independiente judío) por medio de la Declaración Balfour. Muy poco después, Lloyd George relevó a Murray del mando de las tropas británicas en Egipto y envió en sustitución del mismo al brillante general Allenby, con el encargo de conquistar Jerusalén como un regalo de Navidad para el pueblo británico. Se suponía que el objetivo no era dar a los judíos una patria, sino alejar al enemigo del Canal de Suez empujándolo hacia el norte, fuera de Palestina. En cualquier caso, Allenby cumplió brillantemente el encargo y antes de que terminara el año entró efectivamente en la ciudad santa, tras expulsar a los turcos de ella. La noticia fue acogida con júbilo en Londres. Sin embargo, cuando terminó la guerra surgió la necesidad de dar coherencia a los contradictorios compromisos ingleses. Cómo se resolvió el problema es otra interesante historia diplomática.

 
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Publicado por en 7 julio, 2015 en Claves

 

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Tratado de Londres – 26 de Abril de 1915


El Tratado de Londres, también conocido como Treaty of London (en inglés) o Patto di Londra (en italiano), fue firmado en Londres el 26 de abril de 1915. Por él Italia entró en la Primera Guerra Mundial del lado de la Entente. El tratado era secreto y los países firmantes fueron: El Reino de Italia, Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, Francia y el Imperio Ruso.

Según el tratado, Italia recibiría las zonas habitadas por italianos en el Imperio Austrohúngaro, gran parte de la costa dálmata y el resto de los territorio balcánicos del Imperio Austrohúngaro se repartiría entre tres Estados independientes: el Reino de Serbia, el Reino de Montenegro y Croacia.

A cambio, Italia se comprometía a abandonar la Triple Alianza, que la unía a los imperios alemán y austrohúngaro y entrar en la guerra del lado de la Entente. El cambio de bando se había acordado ya a comienzos de septiembre de 1914 en un convenio secreto firmado en Londres. La entrada en la guerra debía producirse en menos de un mes desde la firma del tratado y así se hizo, siendo la declaración de guerra italiana proclamada el 23 de mayo.

La aplicación del tratado quedó muy condicionada por la disolución del Imperio Austrohúngaro y el surgimiento de nuevas naciones, especialmente Yugoslavia, que no estaban dispuestas a aceptar las concesiones prometidas a Italia por la Entente, y por la entrada en la guerra de los Estados Unidos, que definieron nuevos objetivos bélicos y se negaron a admitir la entrega de territorios de mayoría eslava a Italia. Finalmente Italia obtuvo parte de los territorios prometidos en una serie de acuerdos rubricados en el primer lustro de la década de 1920, aunque el régimen fascista mantuvo la teoría de que el país había sido engañado y perdido lo que le correspondía por las maquinaciones de sus aliados.

Negociaciones italianas

El 16 de octubre de 1914, murió el principal ministro del gabinete de Antonio Salandra y este cayó a finales de mes, siendo reconstituido el 5 de noviembre de 1914 con la presencia del nuevo ministro de Exteriores Sidney Sonnino. De ideas claras y moderado, Sonnino se había mostrado partidario de la inclusión del Reino de Italia en la Triple Alianza desde el comienzo. Ya en el verano de 1914 había defendido la entrada en guerra de Italia del lado de los Imperios Centrales. En noviembre, aún inseguros de su duración en el cargo, el primer ministro y su ministro de Exteriores se mostraron muy cautos hacia los bandos enfrentados. A pesar de una campaña de prensa a favor de la inclusión de Istria y Dalmacia (con un 96 % de población eslava en la segunda y un 54 % en la primera) el Gobierno no exigió su entrega, aunque el diario de Sonnino, el Giornale d’Italia, se mostró favorable a los irredentistas.

El ministro de Exteriores italiano, Sidney Sonnino, que llevó a cabo negociaciones secretas en paralelo con los dos bandos enfrentados en la Primera Guerra Mundial, firmando finalmente el Tratado de Londres con la Entente.

El 3 de diciembre de 1914, el Gobierno recibió el respaldo del parlamento y Sonnino decidió pasar a la acción, ordenando al embajador italiano en Viena, el duque de Avarna, que reclamase compensaciones territoriales al Imperio Austrhúngaro de acuerdo al artículo VII del pacto de la Triple Alianza. El Gobierno de Viena no había respetado las cláusulas del tratado de alianza, que estipulaban la consulta al resto de aliados antes del comienzo de operaciones militares y la compensación a Italia en caso de ventajas en los Balcanes para Austria-Hungría, y había permitido así que el Gobierno de Roma pudiese mantener la neutralidad en la guerra. Una vez quedó clara la imposibilidad de un rápida victoria austro-germana, Italia decidió negociar con los dos bandos para lograr el mayor beneficio posible de la situación.

El 24 de diciembre de 1914, tras un tiroteo en el puerto de Valona, la ciudad fue ocupada por tropas italianas, teóricamente para proteger a los residentes italianos. Sonnino se apresuró a asegurar a los austrohúngaros que la ocupación sería temporal, para evitar que a su vez exigiesen compensaciones territoriales como él mismo estaba haciendo por el ataque al Reino de Serbia.

Aunque Sonnino apoyaba la campaña de prensa que reclamaba la entrega de Dalmacia al Reino de Italia, el Gobierno no exigía aún su entrega, usando la publicidad simplemente para que el Gobierno vienés accediese a entregar el Trentino y Trieste, sus verdaderos objetivos en aquel momento. Las conversaciones entre Sonnino y el embajador austrohúngaro Macchio no lograron sus frutos ya que este último utilizó una táctica dilatoria para retrasar las posibles compensaciones territoriales a Italia.

El ministro de Exteriores austrohúngaro, el conde Leopold Berchtold, fue entonces sustituido por el húngaro barón Esteban Burián, amigo y protegido del primer ministro húngaro Esteban Tisza. Berchtold se había mostrado contrario a las indicaciones alemanas de acceder a las peticiones territoriales italianas. Burián mantuvo la misma actitud de su predecesor, convencido de que las amenazas de Sonnino eran un farol.

El 17 de febrero de 1915, Sonnino exigió tener derecho a veto sobre las operaciones militares austrohúngaras en los Balcanes a menos que el Gobierno de Viena cediese a las reclamaciones italianas. La delicada situación del frente oriental, la epidemia de tifus que acababa de estallar en la península balcánica y la actitud de Sonnino detuvieron las operaciones militares de Viena durante los primeros meses de 1915. Alemania redobló sus presiones sobre el Gobierno austrohúngaro para satisfacer a los italianos.

El 9 de marzo de 1915, Burián comunicó al embajador italiano su disposición a negociar la cesión de territorio austrohúngaro, a lo que hasta entonces su Gobierno se había negado.

Sergéi Sazónov, ministro de Exteriores ruso y principal opositor a las exigencias italianas para entrar en la guerra del bando de la Triple Entente por sus efectos adversos para las aspiraciones eslavas en los Balcanes.

Mientras y secretamente, sin embargo, Sonnino había dado instrucciones al embajador italiano en Londres, el marqués Imperiali, para que comenzase conversaciones con la Triple Entente y expusiese las condiciones bajo las que Italia estaba dispuesta a entrar en la guerra de su lado. Sonnino se mostró especialmente interesado en mantener secretas estas conversaciones paralelas y en ocultarlas al Gobierno serbio. A partir de ese momento, Sonnino mantuvo negociaciones paralelas con los dos bandos enfrentados. Las exigencias italianas se presentaron a Lord Grey el 4 de marzo.

Serbia y los representantes del Comité Yugoslavo acabaron enterándose de los manejos de Sonnino, teniendo en el ministro de Exteriores ruso, Sergéi Sazónov a su mejor defensor. Italia explicó su deseo de obtener Dalmacia no por su población italiana, sino por razones estratégicas, para controlar el Adriático. Durante las siguientes semanas, Sazonov se mostró contrario a las exigencias italianas, que consideraba excesivas, mientras que los Gobiernos francés y británico mostraban su impaciencia porque Italia entrase cuanto antes en la contienda, creyendo que su participación les daría la victoria.

El 29 de marzo de 1915, el Gobierno italiano renunció por fin a conseguir Split, lo que los franceses utilizaron para presionar a los rusos y empujarles a aceptar el resto de reclamaciones italianas.Sazonov, sin embargo, no accedió, considerando estas contrarias al principio de nacionalidad por el que supuestamente estaban combatiendo. La opinión pública rusa se preocupaba por el destino de las poblaciones eslavas y especialmente por la serbia, y el ministro de Exteriores ruso creía que no aceptaría las concesiones que Italia exigía.

El 1 de mayo de 1915, Edward Grey fue relevado en las negociaciones por Herbert Henry Asquith por parte británica.

Mientras, las negociaciones con Viena encontraron un nuevo escollo: la exigencia italiana de que los territorios cedidos fuesen entregados de inmediato (21 de marzo de 1915) y no tras el final de la guerra, como proponían los austrohúngaros. El 27 de marzo de 1915, Burián comunicó al embajador italiano que el emperador había accedido a entregar el Trentino a cambio de la neutralidad italiana y su aquiescencia a las campañas austrohúngaras en los Balcanes. El 8 de mayo de 1915, Sonnino respondió a la propuesta con un memorándum de once artículos con las reclamaciones italianas.

Mientras tanto, entre marzo y abril, se aceleraron los preparativos militares en Italia. En Londres Asquith redactaba una propuesta que reflejaba la postura rusa, como última oferta para los italianos. El 9, ante la falta de acuerdo, volvió a presentar una propuesta por la que Italia conseguía la costa dálmata entre Zara y el cabo Planka, Curzola y sus islas menores, y la desmilitarización de la costa entre Planka y Cattaro, salvo la que se entregaría a Serbia. El 14, el marqués Imperiali aceptó esta oferta, renunciando a la península de Sabioncello. Sólo reclamó que no se erigiesen fortificaciones en la cercanías de Cattaro, mientras que Sazonov aceptó que la representación internacional de Albania quedase en manos italianas. Siguió exigiendo, sin embargo, que continuasen las negociaciones sobre ciertos detalles.

Francia y el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda presionaron entonces al zar Nicolás, que ordenó ceder a Sazonov, a pesar de sus aprensiones sobre lo correcto del pacto. El 21 de abril de 1915, Sazonov indicó al embajador ruso en el Reino Unido que rubricase el acuerdo.

El 16 de marzo de 1915, el Gobierno austrohúngaro respondió a las exigencias italianas, de manera en general negativa. Ante esta, el pacto con la Entente se firmó el 26 de mayo de 1915 en Londres, comprometiéndose el Reino de Italia a entrar en guerra inmediatamente contra el Imperio Austrohúngaro y el Imperio Alemán y a no firmar una paz por separado.

Reparto de territorios

Según el acuerdo, Italia recibiría:

Territorios ofrecidos por la Entente a Serbia y a Montenegro en 1915:      Territorio asignado a Serbia      Territorio a repartir entre Serbia y Montenegro

  1. El Tirol hasta la separación de cuencas, situada en los Alpes, que incluía las provincias del Trentino-Alto Adigio.
  2. Trieste.
  3. El condado de Gorizia y Gradisca.
  4. Istria, sin Fiume (Rijeka).
  5. Parte de Carniola (los distritos de Vipava, Idrija y Ilirska Bistrica, excluyendo Postojna).
  6. El norte de Dalmacia, incluyendo Zara (en croata: Zadar) y la mayoría de las islas del Adriático.
  7. El archipiélago del Dodecaneso, controlado desde la Guerra ítalo-turca de 1911-1912.
  8. Vlorë (en italiano: Valona).
  9. El control de la política exterior de la nueva Albania, reducida por la partición de la mayoría del territorio entre el Reino de Serbia y Reino de Grecia.
  10. Parte de las colonias alemanas en África y Asia, en caso de que Francia y Reino Unido obtuviesen nuevas colonias. Se confirmaba además la posesión italiana de Libia.
  11. Antalya, en caso de que se repartiese Asia Menor.

Con los cambios fronterizos propuestos entre Italia y el Imperio, basados tanto en la unión de los italianos del Imperio Austrohúngaro como en razones de defensa estratégica, aquella recibía una minoría de cerca de un cuarto de millón de alemanes y tres cuartos de millón de eslavos. Las ganancias territoriales en el Adriático garantizaban también el control del mismo, una de las aspiraciones italianas.Las concesiones al Reino de Italia se agrupan en cuatro sectores, definidos con precisión variable:

  • El Noroeste, donde las peticiones italianas habían quedado satisfechas.
  • El Adriático y los Balcanes, donde Italia había tenido que realizar algunas concesiones.
  • Asia Menor, donde las concesiones eran más generales y menos definidas.
  • África, donde la ambigüedad de las cláusulas era mayor.

A Serbia se le prometió:

  1. La costa dálmata entre Krka y Ston, incluyendo la península de Pelješac (en italiano: Sabbioncello), el puerto de Split (en italiano: Spalato), y la isla de Brač (en italiano: Brazza).

A Montenegro se le adjudicaban:

  1. La costa dálmata entre Budva y Ston, incluyendo Ragusa y la bahía de Kotor (en italiano: Cattaro, desmilitarizado), excluyendo la península de Pelješac.
  2. La costa sur, hasta el puerto albanés de Shëngjin (en italiano: San Giovanni di Medua).

Asimismo, aunque sin mucho detalle, se prometió al Reino de Serbia:

  1. Bosnia y Herzegovina.
  2. Srem.
  3. Bačka.
  4. Eslavonia (a pesar de los reparos italianos).
  5. Partes de Albania, que quedaría dividida entre el Reino de Serbia, el Reino de Montenegro y el Reino de Grecia, sin detallar.

La ciudad adriática de Fiume, objeto de duras disputas en la posguerra entre Italia y Yugoslavia, quedaba asignada «a Croacia, Serbia y Montenegro».

Los italianos reclamaron que la posesión de la costa entre Zara e Istria se decidiese tras la guerra, a lo que accedieron los países de la Entente. Además, insistieron en que no debía comunicarse el acuerdo a Serbia,cosa que no lograron, pues la Entente envió una nota oficial sobre el mismo el 4 de agosto de 1915 en la que se indicaban sus ganancias territoriales que recibiría al terminar la guerra. A finales de abril de 1915, partidarios de Yugoslavia en Gran Bretaña ya conocían a grandes rasgos las características del acuerdo, gracias a las confidencias de Sazonov, obtenidas por Frano Supilo.

Sonnino, a pesar de haber firmado el pacto con la Entente, alargó las negociaciones con Viena. El 3 de mayo de 1915, el embajador austrohúngaro en Roma se enteró de la conclusión de las negociaciones con la Entente y avisó a Burián, que trató de mejorar su oferta anterior a los italianos, pero demasiado tarde: el mismo día Sonnino rescindía la alianza con los Imperios Centrales. Aun así recibió a Macchio el 6, mostrándose dispuesto a comunicar sus propuestas al gabinete.

La población, inflamada repentinamente de nacionalismo, forzó al parlamento, favorable a mantener la neutralidad del país, a aprobar el pacto con la Entente, haciendo caer al gabinete de Salandra el 13 de mayo de 1915. Rechazada la renuncia por el rey, el parlamento se avino a aceptar el Tratado y a conceder plenos poderes al Gobierno el 20 de mayo de 1915, por amplia mayoría.

El 23 de mayo de 1915, se declaraba la guerra al Imperio Austrohúngaro, aunque no con los resultados esperados por los Aliados.

El pacto, que debía haber permanecido en secreto, fue publicado por los bolcheviques rusos tras su toma del poder en el diario Izvestia, en noviembre de 1917.

Clarificación: el acuerdo de St. Jean de Maurienne

La futura repartición del Imperio otomano se decidió entre los tres socios originales de la Triple Entente, sin tener al comienzo en cuenta a Italia. Esta no recibió información sobre los acuerdos anteriores o posteriores al tratado por el que entró en la contienda y sus intentos de lograr esta información fueron baldíos hasta el otoño de 1916. Dada la vaguedad de la cláusula sobre el Imperio otomano del tratado, continuaron las negociaciones para definir con más claridad la porción que le correspondería a Italia en caso de desmembramiento del Imperio, lo que se logró en el acuerdo de St. Jean de Maurienne en abril de 1917. A cambio Italia reconocía los acuerdos anteriores franco-británicos, en especial el Tratado Sykes-Picot.

Italia habría de obtener el suroeste de Asia Menor, llegando hasta la concesión francesa por el Este y hasta Esmirna por el Norte, junto con una zona de influencia al norte de esta. El acuerdo, sin embargo, quedaba sujeto a la aprobación del Gobierno ruso, que acababa de cambiar con el triunfo de la Revolución de Febrero que había acabado con el zarismo. Rusia nunca llegó a expresar su opinión sobre el acuerdo, que jamás llegó a ser ratificado como tratado formal.Juntos, no obstante, el Tratado de Londres y el Acuerdo de St. Jean de Maurienne reunían las aspiraciones italianas en caso de victoria de la Entente.

Cambios de la situación bélica

Dos hechos fundamentales afectaron a la aplicación del tratado tras la guerra mundial:

  • El aumento del descontento de las comunidades que formaban el Imperio austrohúngaro al alargarse la contienda, y la creación de movimientos independentistas, en general mal vistos por el Gobierno italiano.Su mayor acercamiento a estos se dio con los mayores reveses bélicos para Italia tras la derrota de Caporetto, tras los que se celebró el «Congreso de Nacionalidades Oprimidas» en Roma en abril de 1918.
  • La entrada en el conflicto de los Estados Unidos del lado de la Entente. El poderío estadounidense y las circunstancias de su entrada en guerra les convirtieron en el forjador de los objetivos de los Aliados en la guerra, reflejados en los «Catorce Puntos» del presidente Woodrow Wilson. El noveno de ellos se refería a Italia, indicando que «un reajuste de las fronteras de Italia debería realizarse de acuerdo con líneas nacionales claramente reconocibles», lo que chocaba con lo estipulado por el tratado de 1915. La debilidad italiana hizo que el Gobierno no se enfrentase a los estadounidenses acerca de este punto y optase por aceptar los puntos de Wilson junto con el tratado de 1915.

La Conferencia de París

Negociaciones y estancamiento

Parte de la delegación yugoslava en la Conferencia de Paz de París: Ante Trumbić (tercero por la izquierda) , Nikola Pašić (segundo), Milenko Vesnić (primero) y Ivan Žolger. Algunos delegados eran de procedencia austrohúngara, para disgusto italiano.

Después de la guerra, la posición italiana era complicada. Exigir el cumplimiento del Tratado de Londres hubiese significado un conflicto inmediato con Wilson, mientras que un abandono del mismo era un riesgo que ningún Gobierno italiano podía contemplar, quedando la opción de una cesión parcial a cambio de compensaciones, que requerirían la aceptación del resto de potencias que habrían de otorgarlas.

Tras la llegada de Wilson a París el 4 de diciembre de 1918, las relaciones entre este y los representantes italianos no mejoraron. El informe de los expertos estadounidenses no tenía en cuenta las disposiciones del tratado de 1915, definía una frontera intermedia entre la basada en el idioma y la que dictaban los intereses de seguridad italianos. Los italianos respondieron solicitando la frontera definida en el tratado con pequeñas modificaciones y añadiendo la petición de poder anexionarse Fiume, que produjo una disputa exagerada.La ciudad, enclave de población italiana en una región de mayoría eslava, había quedado asignada a Croacia en el Tratado de Londres. La agitación nacionalista en Italia, permitida por el Gobierno, había colocado a este en una situación que le impedía ceder en su demanda por la ciudad, a pesar de no haber sido reclamada anteriormente.

Los italianos expresaron su deseo de negociar únicamente con Serbia y Montenegro como aliados suyos durante la contienda, pero no con representantes del enemigo derrotado, categoría en la que englobaban a los representantes del nuevo Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos. Su malestar con la delegación yugoslava era aún mayor al contarse entre sus miembros antiguos diputados austrohúngaros (como los croatas Ante Trumbić y Josip Smodlaka y el esloveno Otokar Rybář). Un delegado, el esloveno Ivan Žolger, había sido incluso ministro del gabinete austriaco durante la guerra.

En abril, con el regreso a la conferencia del presidente americano, se retomó el caso italiano, ofreciendo franceses y británicos el cumplimiento estricto del Tratado de Londres (lo que excluía la concesión de Fiume a Italia) o la entrega de Fiume y el abandono del tratado. Ante la falta de acuerdo, Wilson decidió hacer un llamamiento al pueblo italiano dejando de lado a su Gobierno, logrando únicamente enfurecer a la opinión pública italiana y que los representantes italianos se retirasen de la conferencia de paz. Durante la ausencia italiana los Aliados decidieron enviar la expedición militar a Esmirna, decisión que aquellos aceptaron tras su regreso a París dos semanas más tarde. La repartición de mandatos se realizó también mientras los italianos se hallaban lejos de París.

Avances y definición de fronteras en los Balcanes

Tirol, desmembrado en 1918. Parte quedó en el lado austriaco (en rojo) y se llamó Nordtirol y Osttirol, formando el Estado Federado de Tirol.

 A pesar de la continuación de las conversaciones, centradas siempre en el destino de Fiume, no hubo avances hasta la firma del tratado con Alemania y la marcha de Wilson el 28 de junio. La oposición de Wilson y su capacidad de vetar cualquier acuerdo impedían los progresos.

En septiembre, sin embargo, el tratado con Austria fue favorable a Italia, que logró la frontera de los Alpes como se había le prometido en Londres en 1915.

Incapacitado Wilson y derrotado su partido en las elecciones de Estados Unidos y hartas Francia y el Reino Unido de las inacabables conversaciones, estas decidieron que las negociaciones pasasen a realizarse directamente entre italianos y yugoslavos. Esto llevó a un rápido acuerdo que se plasmó en el Tratado de Rapallo de noviembre de 1920. Este concedía a Italia la frontera que deseaba en el Noreste, pero limitaba sus ganancias en el Adriático a cuatro islas y la ciudad de Zara. Fiume y sus alrededores se establecían como Estado libre.

Albania fue evacuada y su independencia reconocida según las fronteras trazadas en 1913, salvo la isla de Saseno, a la entrada de la bahía de Valona, que Italia se anexionó.

Acontecimientos posteriores

En Asia Menor, los griegos aprovecharon la ausencia italiana en la primavera para lograr que fuesen sus tropas las enviadas a Esmirna, situación que los italianos aceptaron tras débiles protestas a su regreso a la conferencia de paz. Por el Tratado de Sèvres firmado el 10 de agosto de 1920, Italia vio reconocida la posesión del Dodecaneso y se le concedió una zona de influencia en Anatolia, que se correspondía aproximadamente a la definida en los acuerdos de St. Jean de Maurienne, salvo en los alrededores de Esmirna. Italia, insatisfecha con el resultado, se apresuró a mostrar su simpatía a Mustafá Kemal tan pronto como surgió movimiento nacionalista, evitando respaldar a las tropas griegas. En el Tratado de Lausana que puso fin a la guerra Italia conservó la posesión del Dodecaneso.

En África, mencionada en los artículos 10 y 13 del Tratado de Londres, Italia logró la concesión final de Libia por parte del sultán otomano en el Tratado de Sèvres, tras haber tenido que reconquistar el territorio, controlado precariamente, en 1919.

Las colonias alemanas, por su parte, fueron repartidas como mandatos durante la ausencia italiana, saliendo el Reino Unido muy beneficiado, seguido de Francia. Italia exigió ser compensada, pero aceptó la repartición realizada. Quedó entonces la posibilidad de rectificaciones fronterizas, que se decidió debían negociarse bilateralmente entre Italia por una parte y Francia y el Reino Unido por la otra. El 12 de septiembre de 1919, Francia e Italia alcanzaban un acuerdo, que cedía ciertos salientes de la frontera entre Libia y las colonias francesas a los italianos. En 1925 se produjo la firma del acuerdo con Gran Bretaña en el que Italia logró la frontera que deseaba entre Libia y Egipto.

En Somalia, ante la negativa francesa a ceder la Somalia Francesa, se ofreció la entrega de cierto territorio junto al río Juba, que Italia aceptó.

 
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Publicado por en 26 abril, 2015 en 1915, Claves, Tratados

 

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Juicio de Sarajevo – Sentencia: 28 de Octubre de 1914


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Las autoridades austrohúngaras capturaron y procesaron a los conspiradores de Sarajevo, así como a los agentes y los campesinos que ayudaron a ejecutar los planes. La principal acusación era conspiración para alta traición con relación a los círculos oficiales del Reino de Serbia, cuya pena era la muerte. El juicio se celebró entre el 12 y el 23 de octubre y el veredicto fue dictado el 28 de octubre de 1914.

Gavrilo Princip (en círculo), junto a otros acusados, siendo custodiados durante el Juicio que se le realizo en Sarajevo

Los reos adultos, que podían ser condenados a pena de muerte, se presentaron en el juicio como participantes involuntarios de la conspiración. La declaración de Veljko Cubrilović (agente de la Narodna Odbrana, que ayudó a coordinar el transporte de armas) es ilustrativa de esa táctica de defensa. Este declaró al tribunal: «Princip se me encaró y me dijo enérgicamente: “Si lo quieres saber, esa es la razón por la que vamos a realizar el asesinato del heredero, y ya que lo sabemos, debes mantenerlo en secreto. Si nos traicionas, tú y tu familia seréis asesinados”». Interrogado por su abogado, Cubrilović describió con detalle los motivos que le obligaron a cooperar con Princip y Grabež. Explicó que una organización revolucionaria, capaz de cometer grandes atrocidades, estaba detrás de Princip, que este conocía la existencia de esa organización en Serbia y que, por ello, temía que destruyeran su casa y que mataran a su familia si no hacía lo que querían. Cuando le preguntaron sobre por qué se arriesgó a ser castigado por la ley en vez de contar con su protección ante tales amenazas, respondió: «Tenía más miedo al terror que a la ley».

Para rechazar esta acusación, los conspiradores de Belgrado —que, debido a su corta edad, no podían ser condenados a pena de muerte— intentaron salvar a los órganos oficiales serbios modificando sus declaraciones y asumiendo toda la culpa de la conspiración. Princip declaró: «Soy un nacionalista yugoslavo y creo en la unificación de todos los eslavos meridionales bajo cualquier forma de Estado libre de Austria». Interrogado sobre cómo pretendía realizar ese objetivo, respondió: «Por medio del terror». Cabrinović, sin embargo, declaró que las convicciones políticas que lo motivaron a matar a Francisco Fernando eran las mismas defendidas en medios serbios. El tribunal no creyó en las historias de los reos, alegando que pretendían eximir a Serbia de la culpa. El veredicto fue: «El tribunal considera probado por las pruebas que tanto la Narodna Odbrana como ciertos círculos militares del Reino de Serbia responsables de los servicios de espionaje, colaboraron con la conspiración».

Según la ley austrohúngara, los detenidos con edad inferior a 20 años en el momento del delito podían ser condenados a una pena máxima de 20 años de cárcel. A pesar de que hubo dudas sobre la edad real de Princip, el tribunal determinó que tenía menos de 20 años en el momento del asesinato. Como Bosnia y Herzegovina no pertenecían formalmente al Imperio austrohúngaro, el gobernador bosnio —y ministro de Finanzas austriaco— Leon Biliński pidió clemencia a Francisco José I para los condenados a muerte. El emperador atendió a dos de las peticiones. Las sentencias fueron las siguientes:

Nombre Sentencia
Gavrilo Princip 20 años de cárcel.
Nedjelko Čabrinović 20 años de cárcel.
Trifko Trifun Grabež 20 años de cárcel.
Vaso Čubrilović 16 años de cárcel.
Cvjetko Popović 13 años de cárcel.
Lazar Djukić 10 años de cárcel.
Danilo Ilić Muerte por ahorcamiento (ejecutado el 3 de febrero de 1915).
Veljko Čubrilović Muerte por ahorcamiento (ejecutado el 3 de febrero de 1915).
Nedjo Kerović Muerte por ahorcamiento, conmutada por 20 años de cárcel por el emperador Francisco José I.
Mihaijlo Jovanović Muerte por ahorcamiento (ejecutado el 3 de febrero de 1915).
Jakov Milović Muerte por ahorcamiento, conmutada por 20 años de cárcel por el emperador Francisco José I.
Mitar Kerović Cadena perpetua.
Ivo Kranjcević 10 años de cárcel.
Branko Zagorac 3 años de cárcel.
Marko Perin 3 años de cárcel.
Cvijan Stjepanović 7 años de cárcel.
Otros 9 detenidos Absueltos.

Durante el juicio, Čabrinović expresó su arrepentimiento por los asesinatos. Tras la condena, recibió una carta de perdón de los tres huérfanos de Francisco Fernando y Sofía. Čabrinović y Princip murieron de tuberculosis en la cárcel.

 
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Publicado por en 28 octubre, 2014 en Claves

 

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Breve referencia histórica y geográfica de Bélgica en 1914


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Llevamos días hablando de la ocupación de Bélgica y queremos aprovechar para explicar el entorno histórico y geográfico de este país.

El reino de Bélgica lindaba con Francia por el oeste, suroeste y sur. La frontera con Francia tenía en 1914 614 kilómetros; al este limitaba Bélgica con el Gran Ducado de Luxemburgo, con una frontera de 129 kilómetros, la frontera con el Imperio Alemán, localizada también en el este, tenía una extensión de 97 kilómetros. Al norte y noreste confinaba con los Países Bajos, con una frontera de 431 kilómetros. Así mismo su costa del Mar del Norte tenía una extensión de 67 kilómetros.

La suma general del territorio era la de un triángulo irregular, cuya base suroeste se apoya en la frontera con Francia y cuyo remate, confinando con los países bajos, miraba hacia el nordeste.

La superficie total del Reino era de 29.450 kilómetros cuadrados y su población de 7.500.000 habitantes.

Según los historiadores el nombre de Bélgica deriva de una tribu que hacia el siglo II a.C., ocupó al país después de arrojar de la zona a los celtas, que fueron sus primeros pobladores. En esta región considerada parte de las Galias, vivían 47 pueblos o tribus que opusieron gran resistencia a Julio César, que logró dominarlos hacia el año 50 a.C.

La metrópoli de Bélgica en tiempos de los romanos era Duro Castrorum, hoy Reims, y el país sufrió varias divisiones territoriales.

En el siglo VII los habitantes del país eran paganos, pudiéndose decir que hasta el siglo XII no se cristianizaron por completo.

La historia de Bélgica apenas registra hechos de importancia hasta después de la era feudal.

El estado llano comenzó a figurar hacia el siglo XII, tomando fuerza y representación los municipios, hasta el punto que muchas ciudades por sí silas pudieron levantar ejércitos.

Los belgas lucharon especialmente contra los reyes de Francia en la Guerra de los Cien Años, debido a que los intereses materiales y mercantiles llevaban a las ciudades belgas a favorecer la causa de Inglaterra.

En el siglo XI las fábricas, los mercados y las ferias eran numerosos en Bélgica.

En el siglo XII se estableció la unificación de pesas y medidas.

En el siglo XIII l ciudad de Brujas era uno de los depósitos más importantes de la célebre Liga Hanseática.

En el siglo XIV las manufacturas de Bruselas surtían a toda Francia y las naves matriculadas en el puerto de Amberes tenían invadidos casi todos los puertos de Europa con un comercio casi mundial.

La salazón del arenque, el hierro laminado, la talla del diamante, el esmalte, la pintura al óleo y otros inventos tuvieron a Bélgica por su país de origen.

Después de las adquisiciones territoriales en Francia hechas por Felipe el Atrevido y por Felipe el Bueno, los Países Bajos en general y con ellos Bélgica pasaron a la casa de Austria por el casamiento de María, única hija de Carlos el Temerario, último duque de Borgoña, con el archiduque Maximiliano, hijo del emperador de Alemania Federico III.

Al fallecer la duquesa María, su hijo Felipe el Hermoso se casó con doña Juana la Loca, hija de los Reyes de Castilla y, por virtud de ese matrimonio, el estado belga pasó a poder de Carlos V de Alemania y I de España.

Más tarde, en tiempos ya de Felipe II, empezaron las guerras llamadas de Flandes y de los Países Bajos, resultado de las cuales fue le independencia de Holanda, o sea, de las 7 provincias unidas.

La mayor parte de Bélgica, esto es, las provincias católicas, funcionaron continuamente bajo el dominio de España, hasta que, por sucesivos tratados, la Península fue perdiendo territorios y Francia, en 1794, llevó a cabo la invasión y conquista de aquellas provincias.

El tratado de Campo Formio sancionó esto hechos.

Por los tratados de París de 1814 y 1815, Francia perdió Bélgica, que fue unida a Holanda para formar parte de los Países Bajos, hasta que en 1830 los belgas se declararon independientes y ofrecieron la corona al rey Luis Felipe de Francia, que aceptó.

Puede decirse que la independencia de Bélgica se debió casi por completo el apoyo resuelto que le prestó Inglaterra.

Gran Bretaña, con el concurso de Francia, fue en efecto la que firmó la independencia belga, cuando Prusia preparaba ya sus tropas para ayudar a Guillermo I de los Países Bajos a someter la sublevación belga.

Por el artículo 65 del acta final de Congreso de Viena, Bélgica formaba, con las provincias de los Países Bajos, el reino de este nombre, bajo soberanía del príncipe de Orange-Nassau. Sin embargo, Bélgica, eminentemente católica, no aceptaba de buen grado la supremacía de los holandeses protestantes, y el hecho de que Guillermo I persiguiera a los obispos católicos por reclamar contra la ley fundamental del estado, que otorgaba a un príncipe protestante el derecho de intervenir en los asuntos religiosos de los católicos, determinó que los belgas comenzasen a acariciar la idea de lograr la independencia absoluta de su país.

El 26 de agosto de 1830 se alborotó el pueblo de Bruselas y su actitud de rebeldía fue secundada por Lieja.

El movimiento se extendió rápidamente.

Para contener la sublevación el rey Guillermo envió a su hijo el príncipe de Orange, con un ejército que atacó Bruselas, trabándose un sangriento combate en las calles de la ciudad.

Pero el pueblo belga se levantó en masa y los holandeses del rey Guillermo no tuvieron nada que hacer y fueron derrotados.

Por efecto de este descalabro, Guillermo I acudió a las potencias que le aseguraron la posesión de Bélgica.

Rusia y Austria eludieron el compromiso contraído y abandonaron a Guillermo I a su suerte. En cambio Prusia se apresuró a ofrecer su ejército al rey de Holanda, pero, al notificar el embajador de Prusia en París, Barón de Werther, al Ministro de Negocios Extranjeros de Luis Felipe, Conde de Molé, las intenciones de su soberano, se encontró con la declaración de que si las tropas prusianas entraban Bélgica, inmediatamente entrarían en el mismo territorio las francesas.

El Conde de Molé defendió esta actitud invocando el principio de no intervención, adoptado por los prohombres de la revolución de julio, aunque en el fondo tal conducta obedecía a la seguridad que se tenía de que Francia fuese secundad por Inglaterra y a la esperanza de que el trono de Bélgica fuese ocupado por un príncipe de la casa de Orleáns.

El último propósito de Francia no fue secundado por Inglaterra porque si bien esta deseaba la independencia de Bélgica, quería también sustraerla de la influencia francesa.

El protocolo que el 15 de octubre formaron Lord Aberdeen y Mr. Tallyllerand y, precisamente a causa de los citados deseos de Inglaterra, se consiguió que Francia no pretendiese en modo alguno anexionarse Bélgica ni colocar en su trono a un príncipe de su casa; que la definitiva situación de Bélgica se resolvería por virtud de un acuerdo diplomático de las cinco grande potencias y que éstas no se opondrían a establecer como soberano del nuevo estado a un príncipe de la casa de Nassau.

Tan pronto como este protocolo quedó ultimado, Inglaterra se negó resueltamente a atender la demanda de socorro que le hizo Guillermo I.

De no haber existido el acuerdo previo entre Inglaterra y Francia que dejamos trascrito y que constituyó, por decirlo así, la base fundamental de la independencia belga, es casi seguro que Bélgica, al emanciparse de los Países Bajos habría caído en manos de su vecina Francia.

Por fin los representantes de las cinco grandes potencias que debían determinar acerca de la suerte de Bélgica, se reunieron en Londres; pero al iniciarse las conferencias, su Congreso nacional, convocado en Bruselas, declaró la independencia de aquella nación, instauró la monarquía constitucional como forma de gobierno y acordó que los príncipes de la casa de Nassau quedasen excluidos del trono.

Estos sucesos acontecidos en Bruselas hicieron sospechar desde los primeros momentos que aquéllos se habían verificado con la aquiescencia y hasta el apoyo de Francia y que ésta no renunciaba a su propósito de que se coronase rey de Bélgica el Duque de Nemours, hijo segundo de Luis Felipe.

Austria, Rusia, Prusia y esencialmente Inglaterra vieron con disgusto extraordinario los manejos franceses, llegándose a tal tirantez de relaciones con Francia que, durante algunos días, se creyó inminente una conflagración. Si no se llegó a tal extremo fue porque Francia, ante los acontecimientos que se le echaban encima y tal vez no creyéndose lo suficientemente fuerte para hacerles frente, depuso su actitud, cejo e sus ambiciones y cuando una diputación del Congreso belga se presentó en París para ofrecer la corona al Duque de Nemours, el rey declinó el ofrecimiento en nombre de su hijo, publicando el 17 de febrero de 1831 una declaración en la que así lo hizo constatar.

A partir de esa decisión del Rey de Francia, ya nada se opuso a que prosperase la independencia del nuevo reino.

A raíz de la proclamación concertaron varios tratados, firmándose el primero en Londres el 4 de noviembre de 1831, quedando en ellos reconocida la independencia del reino de Bélgica, constituido este por las provincias de Brabante, Lieja, Namur, Hainault, Flandes Oriental y Occidental, parte de Limburgo y Amberes.

El primer soberano belga, Leopoldo I de Coburgo, fue un modelo de reyes constitucionales y ya es su época se inició a gran escala el desarrollo de la riqueza de la nueva nación.

A la muerte de Leopoldo I, acaecida en 1865, subió al trono Leopoldo II, durante cuyo reinado el florecimiento belga llegó a su máximo esplendor. Leopoldo II, que murió al poco tiempo, cedió a Bélgica la propiedad de sus dominios coloniales del Congo africano, conocido a partir de entonces como Congo Belga.

Al no tener sucesión directa Leopoldo II, subió al trono el monarca que reinaba en Bélgica en 1914, Alberto I.

 
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Publicado por en 1 septiembre, 2014 en Claves

 

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Mas ejemplos de las atrocidades alemanas


 

“En Charleroi, cerca de la puerta de Waterloo, los alemanes se apoderaron de diez mineros que acababan de subir de la mina y llevaban aún su lámpara en la mano. Los obligaron a marchar delante de las tropas, y todos los mineros acabaron muertos.

La misma táctica adoptaron en Mont-sur-Marchiennes, donde doscientos alemanes, sorprendidos por los franceses, pusieron delante de ellos a seis vecinos, entre ellos mujeres y niños. Al legar nuevas tropas francesas, tuvieron los alemanes que refugiarse en una granja, donde fueron aniquilados”

 
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Publicado por en 20 agosto, 2014 en Claves

 

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Los orígenes de la Primera Guerra Mundial. Documental


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Publicado por en 12 agosto, 2014 en 1914, Claves

 

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Pangermanismo


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El Imperio Alemán (Prusia destacada en Azul).

El pangermanismo (del griego pān-, todo, y Germania) es un movimiento ideológico y político partidario de la unificación de todos los pueblos de origen germano como Alemania y Austria.

Sus orígenes se encuentran en el concepto de predestinación de Alemania como rectora del mundo. Apoyado por la política económica proteccionista de Friedrich List, se impregnó con Joseph Arthur Gobineau de un matiz racista, que fue heredado por el nazismo de Adolf Hitler.

Los orígenes

Regiones del Imperio Aleman 1871-1918.

Los orígenes del pangermanismo se sitúan en los albores del siglo XIX, durante el desarrollo de las guerras napoleónicas. Las guerras supusieron, en los pueblos ocupados por el imperio francés, el nacimiento del nacionalismo como ideología política. El nacionalismo amenazó durante dicho siglo la estabilidad de los regímenes aristocráticos del Antiguo Régimen. Muchos grupos étnicos de Europa Central y Oriental habían permanecido divididos durante siglos en diferentes realidades políticas, dominados por las viejas monarquías de los Romanov y los Habsburgo. Los germanos, durante la mayor parte de su historia, habían permanecido desunidos y derrotados desde tiempos de Lutero, cuando el Sacro Imperio Romano Germánico se escindió en una multitud de pequeños Estados. Los nuevos nacionalistas pangermanos, mayoritariamente jóvenes reformadores como Johann Tillmann, procedente de Prusia Oriental, reclamaban la unidad de todos los pueblos germanohablantes en un solo Estado.

Zonas con presencia de población de lengua alemana en Europa central y oriental en 1910.

Prusia, Austria y el nacionalismo

Aproximadamente en 1860 el Reino de Prusia y el Imperio Austriaco eran las dos naciones más poderosas dominadas por las élites de habla alemana. Ambos pretendían expandir su influencia cultural y territorial. El Imperio Austriaco, así como el Imperio Germánico eran estados multiétnicos, pero la etnia alemana no era, especialmente en el segundo caso ni mucho menos mayoritaria entre las poblaciones de ambos. La creación del Imperio Austrohúngaro no fue sino el resultado de la pujanza en su seno de otras etnias como los checos, eslovacos y magiares.

Prusia fue bajo el mandato de Otto von Bismarck la catalizadora del nacionalismo moderno germano. El Imperio Alemán fue creado en 1871 después de la proclamación de Guillermo I como cabeza de la unión de pueblos germanos, mientras eran ignorados millones de personas de otras etnias que deseaban la autodeterminación y la construcción de sus propias realidades nacionales. Los alemanes que vivían fuera del nuevo Imperio prefirieron trasladarse al nuevo estado, conformando una realidad étnicamente homogénea, pero este deseo chocó con la oposición de gentes de otras etnias. Regiones como Austria y Bohemia fueron testigos de controversias al respecto de la aplicación práctica de los postulados nacionalistas durante décadas.

Incluso algunos austriacos empezaron a sentirse incómodos en su propio Imperio. Identificándose a sí mismos como descendientes de los bávaros que habían conquistado y se habían expandido en la región, muchos austriacos occidentales apoyaban la separación del imperio Austriaco y la unión al nuevo Imperio Alemán.

 
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Publicado por en 11 agosto, 2014 en Claves

 

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Causas de la neutralidad española en la primera guerra mundial


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El gobierno conservador de Eduardo Dato decidió mantener a España neutral, porque en su opinión, compartida por la mayoría de la clase dirigente, carecía de motivos y de recursos para entrar en el conflicto.  El rey Alfonso XIII también estuvo de acuerdo, aunque según confesó al embajador francés le habría gustado que España entrara en la guerra del lado aliado a cambio de «alguna satisfacción tangible» —probablemente Tánger— pero que se encontraba rodeado de «cerebros de gallina» —es decir, acusaba a los políticos de pensar como cobardes— y que él «estaba en una posición muy difícil».

Muy pocos se opusieron a la neutralidad. El caso más notorio fue el Diario Universal, órgano del liberal conde de Romanones, que publicó un artículo sin firma —aunque todo el mundo lo atribuyó a Romanones a pesar de que éste negó haberlo escrito— titulado Neutralidades que matan en el que defendía la participación de España en la guerra del lado de los aliados, en coherencia con la política exterior española alineada con Francia y Gran Bretaña desde 1900. «Es necesario que tengamos el valor de hacer saber a Inglaterra y a Francia que con ellas estamos, que consideramos su triunfo como el nuestro y su vencimiento como propio», se decía en el artículo. Pero «la más estricta neutralidad» se impuso, respaldada por el rey.

Densidades de población en España por provincias en 1900. Obsérvese que era un país con poca densidad en comparación con otros países europeos y que la mayoría de la población se encontraba en Madrid y las regiones costeras.

España era un Estado de segundo rango, que carecía de la potencia económica y militar suficiente como para presentarse como un aliado deseable a cualquiera de las grandes potencias europeas en conflicto (Alemania y Austria-Hungría, por un lado; Gran Bretaña, Francia y Rusia, por otro). Por eso ninguno de los países beligerantes protestó por la neutralidad española. “No dejaba de ser una declaración de impotencia… puesto que se basaba en lo que todo el mundo admitía con mayor o menor sonrojo: que España carecía de los medios militares necesarios para afrontar una guerra moderna”, afirma Javier Moreno Luzón. Así lo reconoció el primer ministro Dato en una nota dirigida al rey, en la que añadió otra consideración (las tensiones sociales que provocaría): «Con sólo intentarla [una actitud belicosa] arrunaríamos a la nación, encenderíamos la guerra civil y pondríamos en evidencia nuestra falta de recursos y de fuerzas para toda la campaña. Si la de Marruecos está representando un gran esfuerzo y no logra llegar al alma del pueblo, ¿cómo íbamos a emprender otra de mayores riesgos y de gastos iniciales para nosotros fabulosos?».

El estado precario del ejército fue fundamental para decidir la neutralidad. Se acababa de meter en la aventura del protectorado del norte de Marruecos. Se trataba de un ejército de tierra anticuado, mal armado y que, debido al número excesivo de oficiales que tenía, gran parte del dinero destinado al ejército se redistribuía entre la nómina de los oficiales, con lo que el país se había visto incapacitado para librar una carrera armamentística a principios del siglo XX como habían hecho gran cantidad de países e imperios europeos. Por otro lado, la armada había sido considerada una de las principales culpables de la derrota del 98 y había perdido dos escuadras enteras en esa guerra. Fue olvidada hasta 1908, cuando durante el gobierno largo de Antonio Maura se aprobó la construcción de los acorazados Clase España y otros buques menores en el denominado Plan Ferrandiz.

El estallido de conflictos sociales, debido a la cada vez mayor conciencia de clase de los obreros, y el desarrollo y crecimiento de sindicatos y partidos de izquierda, sobre todo republicanos, ajenos al «turno» característico de esta época política del país, cobraba mayor importancia debido a episodios como la Semana Trágica de Barcelona de 1909 o el asalto de miembros del ejército a periódicos catalanes en 1905. Si España intervenía en la guerra y el desarrollo de la guerra no era favorable, se podría producir una revolución como la Revolución Bolchevique que afectó a Rusia.

Alfonso XIII de visita en París en 1913, un año antes del inicio de la Primera Guerra Mundial. Sentado a su lado el presidente de la Tercera República Francesa Raymond Poincaré.

 
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Publicado por en 7 agosto, 2014 en Claves

 

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Plan XVII


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Plan XVII fue el nombre de un plan de guerra adoptado por el estado mayor militar de Francia en 1913 para ser ejecutado por el Ejército francés en caso de estallar una guerra entre Francia y el Imperio alemán.

Antecedentes

Después de la derrota del ejército francés en la Guerra Franco-prusiana de 1870-71, los militares franceses tuvieron que adaptarse a un nuevo equilibrio político en Europa. La aparición del Imperio Alemán al otro lado del Rin, combinado con la pérdida de las provincias de Alsacia y de Lorena, tuvo el efecto combinado de poner a Francia en una desventaja crítica.

En 1898, el Estado Mayor francés adoptó el Plan XIV. Considerando la inferioridad numérica en la cual el ejército francés se encontraba en ese entonces, el Plan XIV se creó para establecer una estrategia militar puramente defensiva a lo largo de la frontera franco-germana. Además había una disparidad siempre en aumento en términos del total de la población pues empezando el siglo XX Francia tenía una población de alrededor de cuarenta millones de habitantes, comparada a los cincuenta millones de habitantes en el Imperio Alemán, además de ello existía también el problema de las “reservas militares” y la rapidez con que éstos podrían ingresar a las operaciones bélicas.

La guerra de 1870-71 había demostrado no solamente la habilidad del Estado Mayor Prusiano para aprovechar por completo la red alemana del ferrocarril para desplegar sus ejércitos de forma rápida y oportuna, sino también su capacidad para movilizar e incorporar a los reservistas en las unidades de primera línea en poco tiempo, lo cual había sorprendido a los jefes militares franceses de 1870.

Planes ofensivos franceses

Mientras que el generalato francés comenzó a aplicar las lecciones aprendidas por experiencia con respecto al uso adecuado de los ferrocarriles, la cuestión de usar a los reservistas en unidades del frente de batalla no fue resuelta adecuadamente, pues a inicios del siglo XX casi todos los jefes militares de Europa aún dudaban de la eficacia de los reservistas, tachados como soldados “de bajo nivel” debido a su calidad de inexpertos, mientras que las ideas militares de le época insistían en que la formación de un auténtico guerrero profesional demoraba años. Como tal, el Plan XIV consideró la movilización militar francesa pero sin incluir a las reservas.

En 1903, el Plan XIV abrió el camino para el desarrollo del Plan XV. Mientras que el primero era defensivo y se concentraba en repeler un ataque alemán a través de las Ardenas, el Plan XV consideraba el uso de las formaciones de la reserva, pero solamente en un papel secundario como apoyo al cuerpo principal de ejército.

Plan XVII

La estrategia militar francesa ofensiva en la Primera Guerra Mundial conocida como Plan XVII fue creada inicialmente por Ferdinand Foch. El plan consistía en utilizar la fuerza bruta y una creencia mística en el espíritu de lucha francés o “élan” que aseguraría una elevadísima moral combativa entre la tropa, juzgando suficiente a este sentimiento para asegurar ofensivas exitosas. La pérdida de las provincias de Alsacia y Lorena ante el Imperio Alemán en 1871 había creado el sentimiento de revancha francés, siendo uno de los principales objetivos del Plan XVII recobrar dichas provincias.

El general Joseph Joffre adoptó este plan cuando se desempeñó como comandante en jefe en 1911, fijando el Plan XVII como una herramienta de ofensiva y no simplemente esperar el avance alemán. Para hacer esto, el Plan XVII contamplaba que cuatro ejércitos franceses avanzarían por ambos lados de las localidades de Metz y de Thionville, para atacar el punto central de las fuerzas alemanas y avanzar sobre Lorena para forzar a los alemanes a retormar posiciones defensivas. Esto dejaba solamente un ejército disponible para defender el norte de Francia y la frontera franco-belga, en caso de un eventual ataque alemán atravesando Bélgica. La presencia de un ejército francés en la frontera con Bélgica suponía un avance en comparación al “Plan XV” y al “Plan XVI” que prácticamente habían negado la posibilidad de que tropas germanas cruzaran suelo belga.

Esta idea de descuidar la frontera franco-belga se basaba en que muchos altos oficiales franceses estaban convencidos de que el Imperio Alemán nunca invadiría Francia a través de Bélgica, pues esto conduciría a la participación militar británica en el conflicto, recordando que en el Tratado de Londres (1839), el Reino Unido había garantizado la neutralidad e independencia del territorio belga.

Ejecución en agosto de 1914

Desafortunadamente para Francia, los alemanes aplicaron su Plan Schlieffen, creado específicamente para realizar un ataque masivo a través de Bélgica y alcanzar el norte de Francia para cercar París desde el norte y el este, con el fin de lanzar un golpe decisivo a Francia antes que en el este el Imperio Ruso pudiera intervenir militarmente en favor de su aliado francés. En parte, los jefes militares alemanes consideraron indispensable violar la neutralidad belga y dudaban que Gran Bretaña realmente interviniera en una guerra contra Alemania, e inclusive en este último caso el estado mayor germano esperaban que el gobierno británico no tendría tropas listas para intervenir de inmediato en suelo francés, dando más tiempo al ataque alemán.

Cuando la guerra estalló en 1914, la ejecución del Plan XVII terminó en un total fracaso, pues las sucesivas ofensivas francesas habían subestimado el tamaño real de las tropas alemanas, que si bien sufrieron demoras en su avance lograron repeler todos los contraataques ranceses, los cuales además terminaban con serias bajas para las tropas atacantes. La defensa alemana de la Alsacia-Lorena resultó ser más efectiva de lo esperado, y en pocas semanas, las unidades francesas estaba de regreso en sus posiciones iniciales; mientras, las divisiones alemanas habían avanzado por Bélgica y el norte de Francia casi sin oposición y amenazaban París desde fines de agosto de 1914, como lo habían previsto en el Plan Schlieffen.

El hecho de que el Alto comando alemán había dividido sus tropas (enviando una parte hacia el Frente Oriental, y otra hacia un contraataque fallido en la Alsacia-Lorena, que fue repelido), permitió que Francia y sus aliados británicos (los que habían adherido al Tratado de Londres y declarado la guerra al Imperio Alemán el 3 de agosto de 1914 después de la invasión de Bélgica) detuvieran el avance alemán en la Batalla del Marne en setiembre de 1914.

 
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Publicado por en 6 agosto, 2014 en Claves

 

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